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Otra Remake



-En circunstancias apropiadas un productor podría hacer más dinero con un fracaso que con un éxito, – le dice casi sin darse cuenta Leo Bloom, el contador, al fracasado productor teatral Max Bialystock. - Usted puede pedir a los inversores un millón de dólares, gastar cien mil, y guardarse el resto.
En este ínfimo diálogo de la grandiosa comedia musical de Mel Brooks, The Producers, está concentrada, como un elefante en un dedal, una idea poderosa. Fijémonos sino en los ingredientes de la trama:
La primera tarea de los nuevos socios es encontrar la peor obra teatral jamás escrita que garantice un fracaso la misma noche del estreno. La obra elegida es “Primavera para Hitler”, un auténtico despropósito, una oda al Führer firmada por un trastornado autor neonazi. Lo segundo es contratar al más fracasado Director teatral que pueda haber y un elenco de malísimos actores. Con los derechos de la peor obra jamás escrita y un contrato firmado por el director más desastroso de Broadway, Max y Leo regresan triunfantes a su oficina. El último paso es conseguir dos millones de dólares de los inversores y Max lo logra fácilmente seduciendo a todas las ancianitas adineradas de Nueva York.
La trama es tan poderosa que no solo es la acción de la obra, sino que es la idea que mueve el mundo financiero hace muchísimos años: Las fortunas se hacen con grandes fracasos. “La guita no la hizo laburando”, solemos decir de cualquier millonario. Y sí, es así. No sabemos si la verdadera intención de Mel Brooks fue hacer una simple y disparatada comedia musical, o una crítica del capitalismo financiero. Quizás sea una mezcla de las dos cosas.
¿No les recuerda a algo esta comedia musical? ¿No les resulta familiar esta disparatada trama?
Bueno, usemos el mismo argumento como una alegoría de nuestro propio presente de la siguiente manera: los argentinos estamos asistiendo a la peor obra teatral jamás escrita, y sabemos que es un fracaso rotundo porque ya vimos varias obras parecidas. No tendríamos ningún problema en titularla “Primavera para Hitler”, porque  sabemos que está pergeñada por una banda trastornada de autores neonazis. Está de más decir que para llevarla a cabo contrataron al peor y más desastroso director que podía haber en nuestros pagos, el más Gato de todos, el más inepto y venal, junto al peor elenco de actores de los últimos 50 años. Con este combo explosivo salieron a buscar inversores, ancianitas adineradas del norte, que fueron seducidas fácilmente, porque el negocio era redondo y con cero riesgos.
Bueno, parece que la trama funciona. Mel Brooks es un genio. Pero lamentablemente esto no es una comedia musical, estamos hablando de la vida de millones de personas y del futuro de otros tantos millones. No hay dudas que esta patética obra será un fracaso trágico, trágico para todos los argentinos, y un éxito millonario para una minoría de elite. No hay dudas de que se repartirán las inversiones que nunca se invirtieron y nos dejaran las deudas que nunca se terminarán de pagar. No hay dudas, nadie irá preso.
Sin embargo hay algo muy curioso y más difícil de explicar: cómo es posible que el público siga pagando la entrada a un espectáculo que es un fracaso asegurado de ante mano, la peor obra jamás montada, que a su vez es una burda adaptación de otros fracasos. Una obra macabra, con un poder de daño tremendo, en donde una vez que caiga el telón no se oirán aplausos ni risas, ni siquiera habrá actores ni directores ni guionistas que salgan a dar la cara ante tremendo fraude. La culpa será nuestra como siempre, porque como se suele repetir, tenemos los gobiernos que nos merecemos.

Mientras tanto, y a pesar de todo, señoras y señores, el show debe continuar…

Editorial 
El Nido del Cuco
16 de Noviembre

Alto Bondi



El Bondi es un medio de transporte popular, como el tren. Como lo usan los trabajadores y la gente de a pie, debe ser económico y en lo posible eficiente. Porque todos los días millones de personas se movilizan en él para ir a sus trabajos o buscar uno. Por eso cuando vemos el montaje armado en donde se lo ve a mister president de la Nación viajando en un colectivo en Pilar con gente común y morocha, dialogando amenamente como si fuese uno más, no hace falta que alguien nos advierta que es una farsa armada para que los medios militantes muestren a un presidente cerca de la gente trabajadora que le sonríe y le charla en pleno viaje, contrarrestando así la opinión general de que solo gobierna para los ricos. No hace falta que nos muestren que bajó de un helicóptero, y que, rodeado de una guardia imperial se suba a un colectivo lleno de punteros PRO para hacer un recorrido de algunas cuadras por una calle de tierra desértica solo para la foto.
A ver, todos sabemos que nació en cuna de oro y que no conoce lo que es trabajar, ni viajar en transporte público, ni siquiera habrá manejado en su vida un auto porque siempre tuvo chofer. Tampoco sabe lo que es pasar hambre o frío, o perder el laburo y tener que llegar a casa con la cabeza gacha y la angustia atravesada en la garganta por la incertidumbre de mañana. Precisamente en sus gestiones de gobierno fue cuando aumentaron astronómicamente los pasajes de los transportes, multiplican la rentabilidad de las empresas privadas, que reciben subsidios y no invierten, y pierde el pasajero, que paga caro para viajar mal. Es este mismo presidente el que le echa la culpa a la gente por la crisis energética, la derrochamos porque era barata, andabas en remera en tu casa en invierno maldito fucking crazy, por eso te abrocha un tarifazo confiscatorio como nunca se vio en la historia. Y por si fuera poco te dice que sos un vago, que abusas de la licencia y que en última instancia sos un palo en la rueda cuando salís a defender tus derechos.  ¿Y todavía no te diste cuenta que te habla como un patrón de estancia?
Bueno, no sé si te acordás, en campaña era más peronista que Perón, y acusó de campaña del miedo al otro que te advertía que esto iba a pasar. Y las únicas promesas que cumplió inmediatamente después de asumir son las que les había hecho a los empresarios y a la oligarquía rural. Cómo será el desprecio que siente por las clases populares y los más pobres que manda a un juez a quemar cunas, cunas destinadas a los que ya nacen sin nada. No es algo simbólico, es la consecuencia del odio revanchista de los que creen en la meritocracia, los mismos que antaño pregonaban que los negros levantaban el parqué para hacer asado y que no laburan porque no quieren, porque laburo hay. Son los mismos que hoy juran que el populismo se acabó. Vinieron a acabar con el Estado, porque sabés qué, el Estado sos vos, no es un gobierno. Por eso te quieren convencer de que el Estado es un aguantadero del peronismo, lleno de ñoquis y militantes. ¿Será por eso que los están echando como a perros rabiosos y poniendo a sus amigos con sueldos gerenciales? El achicamiento del Estado es una fórmula conocida que ya sabemos en qué termina. Un Estado ausente, un Mercado violento e impune.

Por eso cuando vemos a un Macri viajando en bondi, solo nos queda una cosa por hacer: bajarlo a patadas en el culo, sabés por qué, porque seguro es uno de esos degenerados que te apoyan y eyaculan con carpa, y después le echa la culpa al de atrás. 

Editorial
El Nido del Cuco

Reos de la propiedad



Hay grietas más viejas que la de ser K o anti K. Hay una que divide a las personas entre delincuentes y ciudadanos. Pero ojo que cuando hablamos de delincuentes no nos referimos a financistas, funcionarios o narcotraficantes, sino más bien al ratero común y corriente, que a pesar de ser menos peligroso que los anteriormente enumerados, son una amenaza siempre latente y cercana a la propiedad y seguridad del vecino. Los grandes medios de comunicación hicieron un trabajo fino y maquiavélico durante décadas para que esa grieta sea un abismo infranqueable, instalando el tema de la inseguridad como uno de los más graves problemas que sufría la población. Destacó la total indiferencia o ineptitud de parte de distintos gobiernos para resolver el problema, para que renglón seguido apareciesen los apologistas de la mano dura, la baja de edad de imputabilidad, la pena de muerte o en última instancia la justicia por mano propia. En 1990 el caso Santos dividió las aguas, y no fue casualidad ni ingenuidad que lo bautizaran El Justiciero. Hay un deseo profundo en gran parte de la clase media argentina de ser un Charles Bronson o un Sledge Hammer. Sueñan con ser un justiciero que mata rateros o un policía violento al margen de la ley.
Hay una falsa idea inoculada en el sentido común de que la inseguridad es producto del exceso de garantías y derechos que tienen los delincuentes, que entran por una puerta y salen por la otra, o de la falta de un castigo ejemplar que haga recapacitar al bandido antes de cometer un delito, por ejemplo la pena de muerte. Sin embargo las estadísticas demuestran que en los países o Estados donde se aplica la pena máxima, los delitos y asesinatos no han disminuido, y también dejan en claro que los condenados son en su mayoría negros y pobres. Tampoco es verdad que haya exceso de garantías, sino en todo caso, que cuando no las hay se gobierna de facto o se violan los derechos humanos.
Hoy resurge la polémica con el caso del médico que mató al ladrón en extrañas circunstancias. Los periodistas, si es que se les puede llamar así, se frotan las manos y con los ojos en blanco, arrebatados por un éxtasis de fachismo místico, vierten su doxa venenosa sobre el sistema nervioso del medio pelo argentino, que inmediatamente se identifica con el médico y justifica su reacción como una legítima defensa. “Si salís calzado podés ganar o perder”, dijo un pseudo-periodista refiriéndose al delincuente. Pero esa máxima, aunque no lo advierta,  vale para ambos.
La pregunta es ¿qué es lo que está en juego? En última instancia lo que se defiende es la propiedad privada y la dignidad de un trabajador hecho y derecho, que todo lo que tiene lo hizo rompiéndose el culo trabajando, porque esos son los valores con los que lo educaron sus padres, para que un negro vago se lo venga a arrebatar sin más esfuerzo que empuñar un arma. Pura mierda de clase media que lustra su dignidad con valores conservadores y mira de reojo a los menos afortunados. Se creen más porque tienen más. Ser es tener, lo dice cualquier publicidad. Y de esta forma el señor propietario es poseído por las cosas, que valen más que la vida de un nadie. Así viven, cautivos del miedo.
La culpa tarde o temprano clava su aguijón, porque todos saben que lo que a uno le sobra es lo que a otro le falta. La tremenda desigualdad de recursos y oportunidades que es inherente al sistema capitalista propicia una guerra sin cuartel entre los que sostienen la pirámide. Una guerra que alimenta a los más ricos y a un sistema perverso de poder. Ni la mano dura, ni la pena de muerte, ni los justicieros solucionan las desigualdades del sistema. Mientras los pibes chorros matan en las calles o mueren en las cárceles, los hijos de la clase media se ahogan en alcohol y drogas, y muchas veces matan al volante. La Justicia, que siempre tiene los ojos vendados, deja libres a unos y condena a otros, porque no hay peor atentado que el que se hace contra la propiedad privada.

Vivir, en definitiva y como dijo el poeta, vivir solo cuesta vida. 

Editorial

El Nido del Cuco

La parte cívica


      Algunos se preguntarán por qué el presidente de la Nación habla de una guerra sucia al referirse a la última dictadura cívico-militar y relativiza el número de desaparecidos al decir que es una discusión sin sentido. ¿Será porque el grupo empresario de su familia creció exponencialmente a la sombra de los genocidas? ¿Será porque Cavallo y Melconian en el 82 llevaron a cabo el mayor acto de “socialización” de la historia económica argentina al estatizar la deuda externa de más de 70 empresas, entre ellas las del grupo SOCMA, transfiriéndole al pueblo una deuda de más de 23 mil millones de dólares? ¿Será porque Martinez de Oz fue asesor de Mauricio Macri durante muchos años? ¿Tendrá algo que ver que ahora los genocidas terminan sus condenas en sus casas?
Cuando hablamos de dictadura cívico-militar, en esa parte cívica entran todos estos empresarios que odian el socialismo pero que aman socializar sus deudas. En esa bolsa de gatos están los Macri, los Perez Companc, los Fortabat, los Bulgheroni, Cargill, La Nación, Clarín, Papel Prensa, Blaquier y una larguísima lista de subsidiados de elite. Sus fortunas fueron amasadas con sangre y terror, mediante el apoyo y la participación en un plan económico y parapolicial, que para llevarse a cabo desapareció y torturó a toda una generación de argentinos. En los 90’s volvieron a los ministerios junto a Cavallo, e hicieron otro desastre económico de proporciones más grandes. Entre las privatizaciones y una nueva socialización de pasivos, dejaron al país con más de la mitad de sus habitantes por debajo de la pobreza, y una crisis que agudizó el gobierno de la Alianza, otra vez con Cavallo a la cabeza.
¿Por qué esperar entonces que esos empresarios, que fueron y son parte de un poder perverso, mezquino y venal, hoy nos hablen de crímenes de lesa humanidad y de 30 mil desaparecidos? Fueron partícipes necesarios, beneficiarios directos, cómplices y autores del genocidio y la estafa que se llevó a cabo. No es por ignorancia que reivindican la dictadura y los 90’s. Es por filiación ideológica, por militancia servil y criminalidad impune. Se nota en los discursos del presidente y sus ministros el asco y el desprecio hacia todo lo popular, la desidia y el odio con la que están destruyendo la asistencia social del Estado y cualquier institución de inclusión. La impúdica transferencia de recursos del sector público al privado habla a las claras de quienes están en el poder. El terrorismo de Estado vuelve con nuevas armas de destrucción masiva. Pero ojo, son parte del poder, pero esclavos de un poder más grande. Así le rinden pleitesía al revanchismo de odio retroactivo que venía germinando en esta última década. Con el sí flojo obedecen sin medir las consecuencias, estos empresarios que son como piojos resucitados de la política.
Hoy están perdidos en un laberinto desconocido. Quizás esa sea nuestra única ventaja, que no tengan un líder ni un proyecto, tan esencial en la política. Pero no hay que subestimarlos. Hace 40 años fueron capaces de hacer cualquier cosa con tal de exterminar el populismo peronista e imponer su poder. Hoy ya se están empezando a ver signos de aquel pasado nefasto: represión de manifestaciones, ¡hasta a los jubilados les pegan!, ajustes y tarifazos al sector popular, liberalización de la economía, una granada en la puerta de la casa de una jueza, persecución ideológica y judicial; y no nos olvidemos que el triunfo de esta alianza ultra conservadora comienza el 18 de enero de 2015 con la muerte del fiscal Alberto Nisman. Justo el año de las elecciones, justo el fiscal que había denunciado a la presidenta Cristina Fernandez. Si de eso son capaces, tenemos que estar preparados para lo peor.

Y bueno, para todos aquellos que querían un cambio y votaron a esa parte cívica de la dictadura, los cucos queremos dejarles para la reflexión una frase de un genio del siglo XX, Albert Einstein, que dijo: “Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo. La definición de la locura es continuar haciendo lo mismo y esperar resultados diferentes.”

Editorial para EL NIDO DEL CUCO
17 de Agosto de 2016

Con la casa tomada


    Dentro de 3 días se cumplirán 200 años de la declaración de la independencia. Los cucos sentimos que no hay nada que festejar. No con un gobierno que el día de la memoria invita al presidente de los Estados Unidos y el día de la independencia lo sienta al rey de España en la casa de Tucumán, casi como un pedido de disculpas por el atrevimiento histórico de haber querido negar nuestro destino colonial o reconstruir una memoria hecha pedazos. Escucharemos discursos fríos y almidonados sobre la Patria y biografías nivel escolar sobre los libertadores. Estos nativos venales seguirán el protocolo oficial a pesar de que desprecian lo autóctono y popular del asunto; en el fondo sueñan con ser ejemplares súbditos del rey.
Así como Rivadavia y compañía traicionaron a los libertadores y promotores de una Patria Grande, para consolidar una factoría agroexportadora y ser adoptados por una nueva madre patria que nos abriera las puertas de la civilización, hoy la puñalada traicionera vino de mano del pueblo, que eligió en las urnas a esa oligarquía histórica, promotora de una patria chica, muy chiquita, en donde no hay lugar para todos.
200 años de historia pasaron ¿y no pudimos construir nada mejor que esto? Ahí están, los mismos cobardes y delincuentes en el poder, los mismos terratenientes y ganaderos alimentando barato al primer mundo, los mismos miserables en el Congreso abalando el saqueo y la miseria en nombre de un sinceramiento de elite corporativa, ahí está la misma prensa cómplice que no le importa escribir con sangre nuestro epitafio colonial.
Somos como la selección de fútbol. Tenemos a los mejores, llegamos a las instancias definitivas, pero en la final no metemos un gol, y el mejor de nosotros manda la pelota a la tribuna en un penal decisivo. No podemos levantar una copa, no creemos en nosotros mismos. Y cuando parece que lo vamos a lograr todo se derrumba.
Hay un cuento de Julio Cortázar que quizás define un poco nuestra idiosincrasia: Casa Tomada. Una casa grande y cómoda para una pareja de hermanos que viven de la renta del campo. Despreocupados, rutinarios. Hasta que un día le ocupan la parte de atrás. No importa, cierra la puerta del pasillo con llave, la vida continua a pesar de todo. Tratan de olvidarlo, de hacer como que no pasó nada. Ella teje, él revisa colecciones de estampillas de su padre. Así estaban bien, y poco a poco empezaron a no pensar. “Se puede vivir sin pensar”, dice él.

Así nos convencen todos los días a nosotros, se puede vivir sin pensar. Los delincuentes que tomaron la casa entrando por la puerta trasera, vienen a cobrar la hipoteca que mamá derrochó en una fiesta popular, esa ilusión y alucinación que tarde o temprano se paga muy caro. Mientras nos hacen sentir el olor sucio de la guita de la corrupción, destruyen políticas de Estado vía decretos, achicando así el Estado a tal velocidad, que cuando se nos ocurra reaccionar ya estaremos afuera, como los protagonistas del cuento, que una vez que se quedan en la calle, con una estúpida resignación cierran la puerta con llave y la tiran a la alcantarilla, no sea que a algún pobre diablo se le ocurra  robar y se meta en la casa, a esa hora, y con la casa tomada.

Editorial para EL NIDO DEL CUCO
6 de Julio de 2016

Sujeto Tácito



      Un norteamericano entra a un boliche gay, mata a 50 personas y hiere a otras tantas, pero los primeros titulares hablan de un atentado terrorista, de un fanático musulmán miembro de Isis, y del peor atentado terrorista de la historia de los EEUU después del 11 de septiembre. El más sagrado principio periodístico es violado descaradamente. El prejuicio racista y el odio infundado priman sobre la más mínima constatación de los hechos. La visión del negocio mediático hace caja y hace política. Construye o destruye la realidad.
En nuestro país los grupos mediáticos operan de la misma manera. Abusando del prejuicio, el estereotipo y la dramatización, logran su objetivo: que no pienses, o en definitiva, que seas pensado, que seas hablado, que seas opinado. Te convierten en un sujeto tácito. Y la realidad adquiere ribetes de ciencia ficción bizarra y absurda. Lo importante no es lo que te mienten, si no lo que no te dicen. En el sótano hay una caja de Pandora bien custodiada.
Hay signos o síntomas que demuestran esto. Los hechos de corrupción están dentro de lo que más indigna a la gente y a los periodistas. Pero depende de quienes sean los protagonistas de estos hechos serán denunciados y linchados mediáticamente, aunque no hayan pruebas concretas, o serán silenciados o legitimados, aunque las pruebas sean rotundas.
Por ejemplo, llama la atención que el mismo día que el presidente de la nación trae 18 millones del exterior, que no tenía declarados, cae José Lopez con 9 palos verdes, tampoco declarados, que intentaba esconder en un monasterio. Dos hechos del mismo calibre, dos tratamientos distintos. El primero “repatrió” dinero sin pagar impuestos, para invertirlo en el país en Letras del Tesoro, esos mismos bonos emitidos para pagarle a los buitres. El segundo es un claro ejemplo de la corrupción K, desfalcadores del Estado y narcotraficantes infiltrados en la política; dinero sucio, oloroso, sangriento. Fue tan deseado este último que Clarín modificó la tapa de su diario para que la noticia ocupe toda la portada. Son tan obvios que dan cuenta de su impunidad.
Objetivo cumplido: no pensar. Porque hay una pregunta que se impone inmediatamente, ¿cómo es posible que el presidente haya repatriado parte de su dinero si sus bienes están en un fideicomiso ciego? ¿Quién compra 18 palos en bonos sin que le pregunten de dónde sacó tanta guita y por qué no pagó impuestos? No importa, está Lopez, Baez, eso indigna más. La guita de Mauricio y su pandilla no se ve por televisión, no aparece en un baúl, no se ve gente contándola, no tiene olor, no tiene origen, no es. Existe pero no es, para ser hay que aparecer en la televisión. Ahí está el poder de la comunicación, del drama.
Está clarísimo, no importa la corrupción, importa el poder, y el poder hoy es la información y la comunicación, el Ser. La corrupción en definitiva es algo endémico, estructural y necesario, no de la política, sino del sistema económico. Es la pandemia mundial del capitalismo. La verdadera corrupción amigos, hoy está en el poder.

Por eso en este nido de cucos apostamos a pensar, a hacer las preguntas que no tienen signo de interrogación, a escuchar los silencios del medio, a destruir ese sujeto tácito que se humilla y degrada la inteligencia, porque si no podemos pensar y hablar por nosotros mismos, entonces nada habrá valido la pena.

Editorial para EL NIDO DEL CUCO
15 de Junio de 2016

Genealogía de lo inmoral


   Nadie a esta altura podría negar que estamos en medio de un cambalache mediático que no nos deja pensar correctamente, ni asimilar lo que está pasando. Estamos indigestados de información dudosa, de respuestas y soluciones que solo constipan. Falsos debates en donde nadie se escucha, en donde todos se acusan y nadie se hace cargo. Faltan las preguntas, las verdaderas preguntas, las que nos hacen pensar; las preguntas que incomodan, que molestan, que ponen todo en duda, que calan en la médula ósea social. Es el momento de una subversión política, de un cambio de paradigma.
33 años de democracia ininterrumpida no son garantía de un estado saludable de nuestra política. ¿Se ha formulado la pregunta acerca del valor de la democracia? Sí. Tenemos con qué comparar. Hasta ahora, en muchos aspectos, demostró ser mejor que las dictaduras cívico-militares. Pero, ¿ha frenado o ha estimulado hasta ahora el desarrollo humano? ¿Es un signo de indigencia, de empobrecimiento, de degeneración de la vida, o por el contrario, en ella se manifiesta la plenitud, la fortaleza, la voluntad de la vida, su valor, su confianza o su futuro? Estas preguntas, que nos llegan de boca de Nietzsche, encienden el fuego de una crítica de los valores. ¿Alguna vez nos hemos preguntado si este ensayo democrático nos ha fortalecido como sociedad, nos ha desarrollado espiritualmente, nos ha hecho dignos de nuestros logros y críticos de nuestras fallas? ¿O por el contrario, nos ha vuelto mansos, serviles, y por qué no idiotas? ¿Y las nuevas generaciones políticas, pudieron pensar en grande, han desarrollado proyectos revolucionarios, se han enfrentado a las viejas momias del poder? ¿O sucumbieron en la demagogia, en las viejas recetas que llevan al fracaso, en la mímica republicana que empequeñece y en un servilismo colonial consentido?
Hay síntomas. ¿Cuántas veces hemos tropezado con la misma piedra? ¿Cómo es posible que siga latente una mentalidad de telenovela obnubilada por globos de colores y evangelios apócrifos del amor? ¿Qué podemos esperar de un sistema que no ofrece garantías a los incrédulos? Porque no hay responsabilidad legal ni contractual de los candidatos. El fin justifica los medios. En campaña se puede prometer lo imposible, en el poder se puede hacer lo contrario con total impunidad. La genealogía de lo inmoral se expresa en la historia de la política y en el comportamiento popular.
Ningún sistema político es perfecto ni bueno en sí mismo, el valor está dado en los resultados, en los desafíos que despierte, en las fuerzas creativas que se manifiesten, en la alegría contagiosa. Hemos tenido experiencias cercanas, castradas a tiempo por esas fuerzas del odio y la venganza, que en su espíritu mezquino quiere empequeñecer todo.
Lamentablemente estos 33 años de ensayo democrático degeneraron en una Cacocracia, que es precisamente el gobierno de los peores, los que menos saben, y los que precisamente menos interés tienen en el bien común. Los cacos no solo son los ladrones, sino los timadores, estafadores y defraudadores que atentan contra un estado de bienestar y de derecho. ¿Qué nos pasó en estas 3 décadas para haber degenerado en esto? ¿Nadie se dio cuenta que rebobinamos la historia 40 años? Se necesita mucho tiempo para construir algo grandioso, se necesita muy poco para destruirlo. Evidentemente hay que ser manso, servil y estúpido para no reaccionar ante tamaña estafa.
Pero el ser humano es jodido y se sigue haciendo preguntas, practica a veces el arte de la sospecha, y prepara el terreno para una subversión. La lucha siempre es despareja pero no imposible.
Vamos a necesitar una profunda autocrítica. Nosotros los cucos no estamos acá para darte respuestas y soluciones, estamos acá para formular las preguntas que haría un loco, un sátiro o un bufón.

Feliz día de la Patria.

Editorial para EL NIDO DEL CUCO
25 de Mayo de 2016

24 horas de Odio

Todos los días a la misma hora se oía un espantoso chirrido que procedía de la Telepantalla, un ruido que le hacía a uno rechinar los dientes y que ponía los pelos de punta. Así empezaban los 2 Minutos de Odio.
Los programas de los 2 Minutos de Odio variaban todos los días, pero en ninguno de ellos el Traidor, el Enemigo del Pueblo, dejaba de ser el protagonista. Todos los crímenes, los sabotajes, las herejías, desviaciones y traiciones de toda clase provenían de sus enseñanzas.
Antes que el Odio hubiese durado 30 segundos, la mitad de los espectadores lanzaban  incontenibles exclamaciones de rabia. En su segundo minuto, el Odio llegaba al frenesí. Los espectadores saltaban y gritaban enfurecidos tratando de apagar con sus gritos la perforante voz que llegaba a sus oídos. Gritaban: “¡Cerdo! ¡Yegua! ¡Váyanse a Cuba!”, y arrojaban cosas a la pantalla.
Lo horrible de los 2 Minutos de Odio no era desempeñar un papel allí, sino que era absolutamente imposible evitar la participación porque uno era arrastrado irremisiblemente. A los 30 segundos no hacía falta fingir. Un éxtasis de miedo y venganza, un deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros con un martillo, parecía recorrer a todos los presentes como una corriente eléctrica, incluso contra su voluntad…

                      Nada más cierto eso de que la Realidad supera a la ficción. Este pequeño recorte de la novela “1984” parece hoy un texto pasado de moda, no porque aburra o sea anacrónico, sino porque el cinismo y la crueldad del mundo de hoy ha superado los principios de ese futuro distópico. Si George Orwell se levantara de la tumba y viera que no son 2 minutos, sino 24 horas ininterrumpidas de Odio que disparan las pantallas de todo el mundo, se sonrojaría de vergüenza al darse cuenta lo corto que se quedó o lo ingenuo que fue. No sé, quizás exagero, a lo mejor Orwell se divertiría de lo lindo y terminaría escribiendo sátiras y comedias absurdas.
Ahora, remitámonos a las consecuencias locales de esto. Las corporaciones económicas y mediáticas, dos caras de la misma moneda, supieron inyectar las sobredosis de odio y de miedo necesarias para que el rebaño, que se cree elitista, elija al peor verdugo que había en escena. Su finalidad fue entristecernos, desmoralizarnos, romper los lazos sociales, porque como decía Don Arturo: “Los pueblos deprimidos no vencen, nada grande se puede hacer con la tristeza”. Por eso tiemblan cuando ven a las mayorías vivir alegremente. Del miedo de las minorías se desprende el desprecio que aplasta sea como sea cualquier fiesta popular.
Y esto es mundial, y no tiene nada que ver con tiranías nacionales ni ideologías políticas. Es el Totalitarismo Global, que no tiene banderas; tiene marcas registradas, patentes, royalties, derechos de autor y organizaciones e instituciones mundiales que regulan el comercio, las guerras, las riquezas y el poder. El Gran Hermano no tiene Partido, ni nacionalidad, tiene bancos, jueces y abogados, y si esto no alcanza tiene ejércitos y armas de destrucción masiva, que no son solo bombas sino corporaciones mediáticas y publicistas. En este sentido George Orwell fue refutado por la Historia: los políticos y los partidos perdieron la guerra y el poder.

Ganó el éxtasis del miedo y la venganza, el odio vacío, el deseo de matar, de torturar, de aplastar rostros peronistas con un martillo. Fuimos derrotados pero no vencidos. Ahora hay que luchar alegremente, bailando sobre el odio del enemigo. Ahora les toca a ellos sentir el miedo de una alegría indestructible.

Memoria del Futuro


    Thomas Eliot decía que la utilidad de la memoria era la liberación del futuro, porque la historia puede ser servidumbre o puede ser libertad. Sin embargo la memoria no se construye sola, y en este sentido a veces es más importante qué se elige olvidar. La memoria sin el olvido, puede convertirse en un infierno inútil como el de Funes el memorioso, que no tenía tiempo para pensar, porque el olvido es el tiempo libre del pensamiento, de la reflexión. El recuerdo está tallado por el olvido, como una escultura. La memoria es una huella, una pisada del olvido en la arena del inconsciente.
Ahora, no seamos ingenuos. Hay políticas de la memoria, revisionismos históricos e instituciones del olvido. No hay una sola memoria, ni una sola versión de la historia. Las verdades absolutas no existen. La memoria no está castrada por un pensamiento puro y desinteresado. Está cargada de emociones, pasiones y sentimientos. Es una huella que late, una herida que sangra, una cicatriz insensible o nostalgias en un álbum de fotos. Por eso reaccionamos cuando nos dicen que mejor es olvidar, que mejor borrón y cuenta nueva, como si fuesen números en una libreta. Nada más falso que comenzar con la memoria en cero. Nada más peligroso para la liberación del futuro del que hablaba Eliot.
Porque en los pliegues de la memoria está el duelo del pasado que forma la experiencia y nos libera de tropezar dos veces con la misma piedra, y a la vez nos permite ser protagonistas de un amor fati. También hace guardia una memoria castrense, de rencor y resentimiento, revanchista, que gira en los círculos del infierno dantesco de la repetición del pasado, convirtiéndonos en espectadores de una servidumbre consentida. Y hay también una memoria del futuro, a veces épico, a veces apocalíptico, que nos hace fuertes en la  alegría, o nos debilita en la tristeza.
Estamos condenados a elegir, diría un existencialista, entre un duelo con épica, o una repetición apocalíptica. Dos tipos de memoria, dos formas de vida. Libres o esclavos nos hará la memoria más allá de lo que pase en el mundo.

Y ojo, que la memoria no nos libera si no es subversiva, y el olvido nos vuelve idiotas si no es revolucionario. 

Problemas de Metaphysica Vulgaris

Vito Sosa
Escribidor








¿Me cuidás el lugar?, dijo la señora que tenía delante en la cola del banco. Ahora enseguida vengo, aseguró mientras yo me terminaba de tomar el agua de la botellita, y le decía que sí con la cabeza mirando el lugar que había dejado vacío la doña. Miré al hombre que estaba detrás de mí y le sonreí cómplice con un gesto de qué-se-le-va-hacer. Me miró por encima del diario que leía y volvió a bajar la vista como si no hubiese pasado nada a su alrededor. El lugar que yo tenía que cuidar, el espacio vacío que había dejado la señora, era difícil de determinar, no podía hacerme una idea holográfica del espacio cúbico que había ocupado aquel cuerpo que me dijo que enseguida volvía. Delante del vacío a mi cuidado, una vieja canosa y jorobada no dejaba descansar su cuerpo, sacudido por un visible Parkinson. Comencé a ponerme nervioso, la idea de cuidar un lugar era extremadamente ambigua y falaz. No era lo mismo que si me hubiese dicho ¿me cuida al niño que ya vuelvo? o ¿me cuidás la bicicleta? Pero cuidar un lugar es como cuidarle el tiempo a alguien. No son cosas ni personas a las cuales uno está atento que no les pase nada ni desaparezcan por un descuido. ¿Cómo se cuida un lugar, cómo se cuida el tiempo? Esta señora me había puesto en un compromiso metafísico difícil de cumplir por difícil de determinar. Para colmo no tenía testigos del fraude proposicional, el señor del diario se hizo el sota y la vieja de adelante ni se enteró, en medio de su terremoto corporal y su sordera, visible en los monstruosos audífonos que salían de sus orejas.
La cola en el banco era larga y llevaba atascada varios minutos. Se sentía cómo el fastidio recorría la columna vertebral de la espera. La idea de que avanzara antes de que la señora ausente volviera me carcomía los nervios. ¿Qué haría con aquel lugar vacío que ya era un agujero negro que me tragaba produciéndome un vértigo espantoso? No podía moverlo conmigo. De hacerlo, desplazaría todo el espacio hacía adelante, con lo cual la cola, a pesar de moverse, permanecería en el mismo lugar.
Un hombre negro como el carbón y de cabellos blancos como la nieve pasaba el lampazo cerca de la cola y me miraba como a un loco. Seguramente escuchó lo que estaba pensando. Tengo la costumbre de pensar en voz alta. Me avergoncé un poco, pero cuando volví a mirar ya estaba más lejos, lanzándome miradas de reojo cada tanto.
Miré el reloj de la pared. Habían pasado apenas dos minutos. Pero los relojes mienten. Cuentan el tiempo con la mecánica de una marcha fascista. Para mi cronos interior habían pasado horas desde que la señora me dejó cuidando su lugar. Y el agujero negro seguía ahí, esperando ser determinado por un ser mundano al que le sudan las manos y se le torsiona el estómago. Pensé en irme y sumarle mi lugar vacío al de la señora, que ya nadie cuidaría, con lo cual quedaría anulado el problema y relajados mis nervios. Pero visualicé un nuevo desequilibrio en el orden del universo. La señora volvería, y al no verme, reclamaría su lugar al señor del diario y a la vieja sorda, estos interpretarían tal actitud como un intento de colarse, y se armaría flor de despelote gracias a mi comportamiento cobarde. Pero el verdadero desequilibrio, para ser honesto conmigo mismo, sería no pagar la boleta y seguir sin internet, Vade retro Satanás.
Me lamenté profundamente haberle dicho que sí. Sentí ese dolor de no poder volver hacia atrás para modificar una simple acción. Me imaginé atajando a la señora diciéndole disculpe pero no sé a lo que se refiere con eso de que le cuide el lugar, o, lo lamento pero no estoy capacitado para asumir tamaña responsabilidad, o tal vez aclarándole que no soy competente ni entendido en problemas metafísicos de esa envergadura. Pero así como no podía empujar hacia adelante el lugar de la señora, tampoco podía volver hacia atrás en el tiempo,  ya que de poder hacerlo anularía el conocimiento de los efectos de mis acciones, lo cual me determinaría a actuar de la misma manera. Maldita naturaleza del universo.
De repente la cola avanzó y volví al mundo cotidiano de la espera como si cayera por una montaña rusa. Apenas fueron un par de pasos que dio la vieja sorda. Para mí fueron dos abismos. No me atrevía a pisar o saltar el agujero negro dejado por la señora. Tampoco podía permitir que los demás pasaran por encima del lugar que yo estaba cuidando. Sentí a mis espaldas el crepitar de las hojas del diario y un resoplido cargado de mufa. Una multitud de miradas me taladraban la nuca y me empujaban con su impaciencia. Pude percibir cómo se asomaban las cabezas por ese pasillo de personas para ver por qué carajo la cola no avanzaba. Yo estaba paralizado mirando ese cono rojo que había dejado el negro canoso a mi izquierda, donde había limpiado. La cola volvió a avanzar y una ola de murmullos rompió sobre mí. ¿Qué pasa viejo? escuché decir al hombre del diario. Espere un momentito, le dije haciendo un gesto con mis manos para que no se moviera. Fui a buscar el cono, que tenía el dibujo de un hombre resbalando, y lo puse sobre el agujero negro que había dejado la señora a mi cuidado. Lancé una mirada general hacia atrás, y les comuniqué a todas aquellas caras fastidiosas que no pisaran allí. Sin esperar respuestas caminé hasta llegar a las espaldas de la vieja sorda, guardando la distancia debida. Miré el reloj. Ocho minutos. Empecé a sospechar del reloj, para mi cronos interior solo se habían deslizado un par de minutos. Ya sentía ganas de orinar.
Miré hacia atrás. Nadie había movido el cono. Lo pasaban de a uno con cuidado, como si fuera el lugar reservado de una persona. De alguna manera me sentía satisfecho, pero algo me seguía carcomiendo por dentro, la licencia que se había tomado la señora que me dejó el puesto de vigilante y de gil. Tenía ganas de ir al baño, pero ya faltaba poco, solo había tres personas delante de la vieja sorda, y la mecánica del tiempo ya contaba más de diez minutos de espera cuando sentí una leve alteración en la médula espinal de la cola, y como si hubiese visto un fantasma, un escalofrío me pinchó el cuerpo al ver llegar a la mujer, que con un tímido Gracias, se disponía a hacer posesión del lugar abandonado. Traía en sus manos varias bolsas de compras y se la notaba jocosa. Como yo no le hice lugar, me quedó mirando un rato, y media desconcertada me dijo:
-Yo estaba acá ¿te acordás?
-Discúlpeme pero ‘éste’ no era su lugar – le contesté muy tranquilo.
-¿Cómo que no? – sus ojos se abrieron de la sorpresa, mientras buscaba cómplices – Si yo te dije que me cuidaras el lugar…
-Sí, es verdad, pero ‘ÉSTE’ – recalqué señalando con el índice el piso – no es el lugar que usted me pidió que yo le cuide.
-¿Vos me estás cargando?
-No señora. Yo cumplí con mi palabra y le cuidé el lugar, que no es éste.
-¿Y cuál es? – Me preguntó visiblemente fastidiada.
Le pedí que me siguiera, y caminamos unos cuantos metros, con todas las personas incluidas linealmente, hasta llegar al cono.
-Éste es su lugar – le dije sacando el cono e invitándola a ocuparlo.
Las dos personas que estaban a ambos lados del cono nos miraron sin entender lo que pasaba, la señora tenía clavados sus ojos furiosos en mí, y yo, desentendiéndome de todas aquellas miradas, le dije a la señora: De nada. Cuando me di vuelta para volver a mi lugar en la cola escuché:
-¿Vos te pensás que yo soy pelotuda o qué?
Me volví sobre mis talones y la miré a los ojos.
-No la conozco tanto como para afirmarlo. – Contesté mientras volvía a poner el cono en su lugar al ver que la cola avanzaba y la señora se resistía a aceptar la realidad de las cosas.
-No. Seguramente vos sos de esos pelotudos sin sentido común.
-No me falte el respeto por favor. Usted me pidió que le cuide el lugar, y ahí está…
-O sea, me tomás de boluda.
-No señora. Mientras usted se fue de shopping y todos los pelotudos que estamos acá hacíamos la cola por usted, yo me ocupé de que nadie ocupara su lugar, valga la redundancia.
-Se supone que cuando alguien pide que le cuiden el lugar, el lugar es el que está entre esa persona y la de adelante, no el lugar donde apoyaba sus pies.
-Usted supone muchas cosas sin pensar. Si es como usted dice, entonces el lugar que ocupaba se tendría que mover junto con la cola, lo que provocaría que se moviese a la vez todo el espacio circundante y por ende la cola no avanzaría. Su lugar es ese, el mismo que dejó cuando se fue a pasear.
-¿Vos estás drogado o qué carajo te pasa?
La cola seguía avanzando y la gente nos miraba risueña, entretenida con una discusión metafísica vulgar.
-Haga lo que quiera señora, yo ya hice lo que tenía que hacer.
Me di media vuelta y caminé hacia mi lugar con la dificultad de una vejiga a punto de explotar. Detrás de mi venía la mujer bramando que claro que iba a hacer lo que quisiera, es decir, ocupar su lugar. Pero cuando llegué delante de la cola me di cuenta que ya no estaba ni la vieja sorda ni el señor del diario. Un hombre obeso, morocho y sudado esperaba con cara de fastidio. Le toqué el hombro con suma delicadeza y le dije:
-Disculpe, ¿pero acá no había un hombre leyendo un diario?
-No.
-Ah. Porque yo estaba delante de él.
-Y yo delante de él. – Dijo la señora sin perder tiempo y alzando la voz para que todos la escuchen.
-Acá no había ningún hombre leyendo el diario. – Recalcó secamente y sin mirarnos.
La señora se adelantó y lo increpó:
-Lo que pasa es que yo le pedí a este estúpido que me cuidara el lugar y cuando volví había puesto un cono por allá atrás y ahora resulta que la cola avanzó y la gente que teníamos adelante ya pasó…
-Qué macana doña.
-¡Macana las pelotas! – le gritó – Hace más de una hora que yo vine al banco y no voy a volver a hacer la cola…
-Pero salió del banco lo más pancha a hacer compras mientras la gilada le hacíamos la cola – Agregué ácidamente en un comentario dirigido a todo el Banco.
-¡Qué carajo te importa qué fui a hacer! ¡Todo esto es culpa tuya! – Me gritó mientras me golpeaba en un brazo con las bolsas de cartón.
Con semejante barullo no tardó en acercarse un hombre de seguridad y preguntar qué estaba pasando.
-Se quieren colar – Dijo el hombre obeso.
-Yo no me quiero colar imbécil, yo estaba acá…
-Señora va a tener que hacer la cola como todo el mundo – Sugirió amablemente el de seguridad.
Tras una larga discusión en donde la señora intentó explicar el mal entendido y yo intenté desarrollar la metafísica vulgar del espacio, el hombre de seguridad nos acompañó hasta el final de la cola escuchando con atención nuestros argumentos y mostrándonos amablemente nuestros nuevos lugares.
-Espero que sepan cuidar de estos. – Bromeó el hombre y se retiró.
Sin perder tiempo ante mi débil resignación me puse al final de la cola antes que la señora reaccionara. Se acercó despacio y se puso detrás de mí mientras me rezaba un rosario de insultos y maleficios. La cola avanzaba más rápido pero era mucho más larga que cuando yo había llegado. Dentro de mí la tensión de la espera me acercaba al umbral del dolor, sudaba y me retorcía mientras escuchaba por detrás la homilía de improperios y guarangadas que no se cansaba de proferir la mujer, haciendo cómplices a los que estaban detrás de ella. Me resistía a darme vuelta y tener que decírselo. Miré el reloj, el banco cerraría en diez minutos y diez minutos era demasiado, quien podría soportarlo. Miré hacia atrás, la cola cada vez era más larga, igual que los insultos. Tenía ganas de llorar. No aguantaba más, se lo tenía que pedir o reventaría de manera bochornosa. Sudado, pálido y tenso, me di vuelta y le imploré a la mujer:
-¿No me cuida el lugar que voy al baño y vengo?



Lo inexplicable del 24 de Marzo


Uno toma conciencia de su docta ignorancia cuando le tiene que explicar algo a su hijo. Todo parece muy fácil, muy sabido, hasta que se topa con la curiosidad, la inteligencia y la inocencia de una nena de siete años. Le tuve que explicar a mi hija por qué era feriado el 24 de marzo. Tuve que pensar desde dónde, con qué palabras, que cosas contarle, porque para esto no hay horario de protección al menor.
Tenía que empezar por el golpe de Estado, pero para que se entienda había que explicarle antes la diferencia entre una democracia y una dictadura. Pero eso no era nada, lo peor era cómo contarle el horror, cómo hacerle entender a una nena que se secuestraban, se torturaban y se mataban personas por motivos políticos e ideológicos. Aclararle que no eran solo militares los que ejercían el terror, sino también policías, curas, empresarios, vecinos, compañeros de trabajo, periodistas, políticos. Cómo explicarle que no fue una guerra contra un enemigo invasor, sino entre propios hermanos con proyectos distintos; que no fueron dos demonios los que combatieron, sino la codicia inhumana de un sistema económico genocida a escala mundial, contra cualquier proyecto comunitario. Cómo explicarle sin quebrarme que muchas personas perdieron a sus padres, sus hijos, sus nietos, sus hermanos, sus amigos, y que muchos todavía no saben qué fue de ellos.
Cómo explicarle el indecible dolor causado, la herida abierta que todavía supura y la discapacidad vigente de un país al cual le han amputado miles de sus miembros. Nos fuimos curando del miedo y del silencio cómplice, pero cómo explicarle que las consecuencias políticas y económicas todavía hacen daño en un país dividido por demagogos y nostálgicos de la mano dura.
Cómo explicarle sin hacerle daño, sin violar su inocencia. Cómo explicarle todo esto si ni siquiera yo me lo puedo explicar. Cómo fue posible tanto odio, tanto daño, tanta muerte, tanto silencio, tanto miedo.


Se lo conté como pude, como me salió, como me dolió. Pero no le expliqué nada, los chicos no son tontos.


El Rey de Copas

Vito Sosa
Escribidor



Ser un rey de copas no tiene nada que ver con la baraja española. Habrá reyes de espadas, reyes del oro, reyes de madera, pero rey de copas hay uno solo, yo. He vaciado tantas copas, y viciado tantos tragos, que sería imposible llevar la cuenta. Quizá se pueda contar, pero no con los dedos, con la lengua y la boca sí, que no solo sirven para tomar, sino para contar cuanto se ha tomado pese a que uno ya no se acuerde, porque precisamente se toma para olvidar, cuánto.
Soy el rey de copas. Indiscutiblemente. Nadie me supera ni me superará. Alcanzarme sería la muerte a mitad de camino. Muchos sucumben en coma alcohólico antes de que yo logre entonarme, y las copas mueren vacías delante de mis narices que resoplan con el aliento de un dragón. No hay trago que me pueda resistir, los extingo como se apaga una velita de cumpleaños con dos dedos húmedos de saliva.  Nadie puede seguirme ni alcanzarme, por eso yo y mi borrachera, solos, naufragando en estos agitados mares de espuma etílica y horizontes de olvido. Sólo, en este enredo confuso de diálogos con nadie, de palabras huérfanas de sentido, y esas carcajadas resbalosas que me atacan al verme tan ridículo en este trono sin reino.
Tres días de curda me dan coraje para escribir y seguir tomando. De bar en bar, de copetín en copetín voy pasando sin gloria, ensuciando esta libreta con lo que vuelca el temblor de mis manos, con lo que ellas escriben sin que yo pueda pensar, sin que yo decida que. Ya no recuerdo ni cómo me llamo, ni por qué estoy en este bar hediondo de Once, ni por qué el barman, ese negro grandote y feo me amenaza desde el otro lado de la barra. Yo sigo escribiendo con la seguridad de que tarde o temprano me van a golpear, esa degenerada emoción me gusta, ese violento beso de las buenas noches y un despertar lleno de dolores y preguntas, y luego.
Es la única satisfacción que tengo, el orgullo que le da sentido a mi vida. Este trono sin reino, este rey de copas que soy. El negro me amenaza de nuevo y yo soy el rey que lo manda a la horca, que ve el dogal tenso en su cuello mientras el patíbulo rechina al vaivén de péndulo de un cuerpo todavía convulsivo.
La copa está seca de nuevo y el negro no la quiere llenar más. Parece que me conoce bastante bien, pero sin embargo no me respeta, y se ríe cuando le digo que soy rey y trono sin reino (¿o reino sin trono?). Me sigue amenazando lleno de furia. Es la tercera vez que me golpea en la cara. Las otras dos no me dio tiempo a escribirlo.
Ahora ya no me acuerdo qué es lo que estaba escribiendo, ni puedo leer lo que ya está escrito. Nada importante seguro, a quién le puede interesar lo que escribe un borracho, si ya ni a los reyes se les tiene respeto que se los golpea y se los insulta y amenazan, y de una patada en el culo van a parar a la calle destronados de la barra, desterrados de un reino sin soberanos, lleno de copas que quedan vacías por la mañana y los bolsillos sin un cobre y una sed que me llena de preguntas, y quizá también. Mejor terminar con esto y buscar otro trono que me aguante hasta el mediodía, aunque sea.


Sin pelos en la lengua

Vito Sosa
Escribidor




Tenía pelos en la lengua. Lo noté una mañana después de lavarme los dientes y sentir que algo me raspaba el paladar. Fue duro creerlo, y asqueroso soportarlo. Al principio fue como una pequeña barba, algo que ensombrecía mi lengua, pero que raspaba por dentro y en ciertas oportunidades me daba náuseas. Los médicos me hablaron de un desequilibrio hormonal, me recetaron medicamentos y recomendaron estudios y análisis varios. Salí del centro médico con la sensación de que se habían reído de mí, que me habían atendido como si yo fuese la mujer barbuda.
Volví al mes, cuando los pelos de mi lengua tenían ya tres centímetros de largo. No solo era repugnante comer y beber con ellos, sino que ya me costaba hablar con claridad, las “eses”, “erres”, “enes”, “g” y “d”, me resbalaban o se perdían en un zumbido peludo. El mal aliento era constante debido a que los pelos y la saliva lograban una mezcla letal de pantano, de verdín y restos de comida. Lo peor era que yo a esa altura me había acostumbrado, pero no mi familia ni mi novia, que decidió alejarse por un tiempo hasta que yo resolviese mi problema. No la culpo a Irene por su decisión, el error fue mío al besarla en la boca sin decirle nada; casi se desmaya después de haber vomitado hasta el vacío; creo que todavía me odia. Irene, te pido perdón.
Los médicos habían decidido rasurarme la lengua y comenzar con el tratamiento hormonal. Fue un rotundo fracaso. Los pelos comenzaron a crecer con más rapidez y fuerza. A los cinco días tenía una bola de pelos en mi boca que no me dejaba hablar, frecuentemente me atragantaba con un mechón que caía por mi garganta; un día casi me muero atragantado por un exceso de tos y pelos. Mi vieja comenzó a rasurarme la lengua todos los días para que pudiera comer, pese a la insistencia de los médicos que ya querían internarme y llevarme no sé a que simposio. Me negué a seguir con el tratamiento que parecía empeorar el cuadro, pero empecé a preocuparme al ver que ni bien me rasuraban la lengua los pelos ya estaban ahí creciendo a una velocidad descomunal. Pensé en cortarme la lengua, pero temí que los pelos comenzaran a crecer por otros lados… quien sabe, podrían empezar a crecerme pelos en los ojos, lo que me impediría cerrar los párpados y luego ver, y lo peor de todo sería que no podría rasurarme los ojos sin lastimarlos, corriendo el riesgo de quedarme ciego. También podrían salirme pelos en las manos al punto de impedirme agarrar cosas, o en los oídos hasta dejarme sordo o hacerme estallar la cabeza por dentro debido a la presión que haría la bola de pelos… estaba condenado a la incertidumbre de no saber hasta cuando tendría que vivir con pelos en la lengua, que ya a esta altura me salían por la boca en una asqueroso mechón húmedo y maloliente.
El día en que la idea del suicidio rondaba por mi cabeza como última alternativa, ocurrió lo que yo hubiese sido incapaz de pensar. Mamá y Carolina discutían en la cocina a los gritos, los insultos y los golpes bajos se dejaban oir sin pudor, mis nervios comenzaban a desatarse peligrosamente, no me podía concentrar, no podía resolver si matarme con un arma o colgarme o cortarme las venas (ahogado jamás… tampoco el fuego o el tren). Entré furiosos a la cocina con el revolver del abuelo, dispuesto a matarla a las dos y después cortarme la lengua (a ver qué pasaba, no me iba a matar así porque sí), cuando escuché la última frase que pronunciara mamá antes del silencio cortante: “…te digo lo que siento porque yo no tengo pelos en la lengua querida…”. Fue más que suficiente para que mi mente quedara en blanco, para que el arma cayera al piso, para que se iluminara desde la nada la solución, la respuesta, la dicha, la felicidad. Un instante fuera del tiempo, en donde Carolina empezó a reír al ver el mechón de pelos saliendo de mi boca como una cola de caballo, una situación absurda y cómica prendida a las últimas palabras, que seguían rebotando en mi cabeza junto a las carcajadas que ya rozaban la insolencia. Carolina lloraba de la risa y mamá se las tragaba por respeto. Como pude les empecé a cantar las cuarenta a las dos, entre zumbidos peludos descargué el odio guardado por tantos años, los reproches miserables que se pudrían dentro, escupí sus máscaras hipócritas y las mías también, y confesé las ganas terribles de matarlas y cortarme la lengua… cuando salí de la cocina las carcajadas seguían rebotando por toda la casa, pero ya no me afectaban, me había sacado un gran peso de encima, me había liberado y ahora estaba dispuesto a ir hasta el final, era mi cura, el único camino.
Estaba tan extasiado por esta liberación que hasta en la calle le decía a las personas lo que pensaba de ellas, SIN PELOS EN LA LENGUA; horrorizados me miraban, se persignaban, huían. En la oficina me sacaron a patadas mis propios jefes, les dije lo que en cinco años no me atrví a decir, mientras me arrastraban por el pasillo les gritaba a Victor, a Marcelo, a Laura, a todos los que me miraban anonadados cómo me arrastraban hacia la salida, cómo los odiaba, lo tanto que los aborrecía, lo mucho que me gustaría verlos en la miseria, aplastados por la desgracia, la adrenalina y la situación misma me excitaba cada vez más. Visité a los pocos amigos que tengo (o mejor dicho que tenía) y les vomité con detalles todo lo que me había guardado y más. Cuando llegué a la casa de Irene, ya se me habían caído casi todos los pelos de la lengua, lloré de felicidad y de tristeza cuando escuchó las confesiones crueles y ruines que le hice. Eso sí, tuve la delicadeza de pedirle disculpas por el incidente del beso peludo. Igualmente me mandó a cagar.
No me volvieron a salir más pelos en la lengua. Tampoco puedo hacer amigos ni conseguir trabajo. En cuanto digo lo que pienso se me cierran todas las puertas. Nunca pensé que vivir sin pelos en la lengua iba a resultar más difícil que tenerlos. Me quedé sin familia, sin amigos, sin trabajo, cualquier desconocido se enoja conmigo en cuanto le digo algo. Quizás me tome demasiado enserio esto, al punto de convertirme en un cínico, un indeseable. Pero hay algunos locos por ahí que me escuchan y se ríen, (la verdad, sobre todo de sí mismos, les da gracia, les divierte la caricatura) que me dan la razón y me dicen que el mundo todavía no está preparado para una persona como yo. Esas son las únicas personas que de vez en cuando me tiran un cobre para que pueda comer algo, que me dan alguna pilcha vieja o una viandita con lo que sobró de anoche. Me gusta estar con ellos porque me convidan cigarrillos y me escuchan y se ríen y me dicen que sí, que es verdad, mientras me dan unas palmaditas en la espalda y me invitan a seguir mi camino para que no los moleste más; ya lo sé que es así, y se los digo, y se los digo siempre que paso, porque si hay algo que no tengo son pelos en la lengua, cualquier cosa menos pelos en la lengua.

La fuente de los deseos

Vito Sosa
Escribidor




“Si el deseo es carencia, qué será de nuestros sueños”
 Cuando era un pibe (ocho o nueve años) inauguraron en la esquina de casa una fuente. Como todo, al principio tenía luces de colores y variados chorros de agua que subían y bajaban en una coreografía exquisita. Con el tiempo las luces desaparecieron y los chorros de agua eran un triste reflejo de la presión que ejercía la bomba. Parece un desafío para el argentino mantener en condiciones los bienes que se pueden compartir, las obras que nos pertenecen a todos, no es así sin embargo con la propiedad privada; el hecho es que el instinto dañino no hizo excepciones con la fuente. Pero antes que comenzara a deteriorase era un verdadero lujo para le esquina de mi barrio, en todo Martín Coronado existía nada igual. Una obra asombrosa como una palangana gigante de unos cinco o seis metros de diámetro, toda de cemento, con esos azulejitos celestes de pileta de natación que le daba espíritu de cielo al agua, y su anillo oblicuo que hacía de borde (y a la vez de asiento).
Recuerdo que en la inauguración estuvo el intendente y otras autoridades, que hubo música y choripán, que estuvieron las cámaras de canal 7, que tocó una orquesta sinfónica, y que le di mi primer beso a Ana Laura, motivo este para pelearme con Riki que estaba enamorado de ella. Pero el hecho más curioso que nos llenó de entusiasmo a mí y a Juampi, fue el momento en que todos comenzaron a arrojar monedas a la fuente. Había olvidado por completo esta tradición, se paraban de espaldas a la fuente, pedían un deseo y tiraban la moneda hacia atrás sin darse vuelta antes que ésta cayera al agua, pues la condición para que el deseo se cumpliese consistía en no ver caer la pieza ni intentar ubicarla en el fondo de la gran pileta. Hasta mi viejo me hizo cumplir con el rito ofreciéndome una moneda de cincuenta centavos; por supuesto los deseos no se cuentan, pero puedo decir que Ana Laura viajó hasta el fondo de la fuente en un inocente deseo de metal.
Con Juampi nos amotinamos al borde del piletón comiéndonos con la mirada la cantidad de monedas que sembraban el fondo; era impresionante, habían de todos los tamaños, pero el tamaño no nos importaba, sino la cantidad. A simple vista era evidente que en el barrio o sobraban los ambiciosos insatisfechos o la tentación de tirar una moneda era muy fuerte. Con Juampi resolvimos que eran demasiados deseos para estar ahogándose por un capricho supersticioso y comenzamos a trazar planes de cómo nos apoderaríamos de aquel exuberante tesoro, cuándo y de qué forma; pero no tardamos en darnos cuenta de que no éramos los únicos piratas, Jorge y Federico miraban el fondo dorado con la misma expresión con que lo habíamos hecho nosotros, y por cómo nos miraban de a ratos, también eran conscientes de las intensiones que nos dominaban.
La indiferencia fue una primera estrategia para despistar al enemigo, pero pronto comprendimos que de nada serviría, de un momento a otro nos encontraríamos saqueando deseos ajenos, y el conflicto sería inevitable. Decidimos pues pactar con el enemigo y llegar a un acuerdo. La negociación fue más dura de lo que pensábamos; Federico cedía, pero Jorge no quería saber nada, no quería compartir ni un centavo porque decía que la idea se le había ocurrido a él primero. Para colmo la discusión era confusa en medio de una inauguración llena de muchedumbre, música a los palos, y amigos que se acercaban a curiosear; no nos escuchábamos y las interrupciones nos hacían perder el hilo. Al fin y al cabo llegamos a un arreglo, no sin antes propinarnos unas trompadas con Jorge que insistía en su propiedad intelectual.
Combinamos a las dos de la madrugada, cuando todo había concluido y nuestros padres dormían. Dividimos la fuente en dos con una línea imaginaria que cruzaba de norte a sur (más o menos). El sector Este era nuestro, y todo lo que de allí saliera lo dividiríamos en partes iguales con Juampi; lo mismo habían arreglado Jorge y Federico. Como era junio y hacía un frío tajante nos llevamos un piloto cada uno y las botas de agua. De nada sirvieron, pues la fuente parecía tener un automático que cortaba el chorro a determinada hora, a las dos de la mañana ya no funcionaba, y las botas de goma se llenaron inmediatamente de agua ya que el nivel de ésta nos llegaba casi hasta la entrepierna. De hecho terminamos todos mojados porque debíamos agacharnos constantemente para recoger las monedas, mojándonos los brazos y hasta a veces el pecho; y a medida que nos acercábamos al centro la fuente se hacía más profunda, llegándonos el agua casi hasta el ombligo (me acuerdo que estaba congelada). A pesar de todo trabajamos con una sorprendente rapidez, metiendo las piezas de metal en una bolsa de supermercado; pero la rapidez no se debía tanto al frío sino al miedo de que nos descubrieran en tan profana empresa por un lado, y por otro a la desconfianza de que el enemigo se pasara del límite establecido. Efectivamente hubo problemas, pues la línea resultó ser más imaginaria de lo que habíamos creído, Federico se había pasado más de un metro, y Jorge discutía lo mismo con Juampi, lógicamente no había manera de comprobarlo, todos de alguna manera teníamos razón, pero a simple vista algunas bolsas pesaban más que otras. Fue inevitable, de la discusión pasamos a los gritos, y de los gritos a las trompadas; fue una lucha feroz pero que a cualquiera hubiera causado gracia: cuatro mocosos golpeándose con bolsas llenas de monedas, tirándose de los pelos, intentando ahogarse, lanzando golpes sin dirección alguna, salpicándose agua a los ojos con violencia para cegar al enemigo y asestarle un buen puñetazo. La riña terminó cuando logré hacerme con la bolsa de Federico y salir corriendo a mi casa sin que este pudiera alcanzarme; realmente le había dado una buena golpiza. Juampi no tuvo tanta suerte, quedó rezagado y recibió una paliza que hasta el día de hoy no se olvida; sólo pudo conservar un puñado de monedas que el muy pillo se había encanutado en uno de los bolsillos del pantalón, pero más allá de su mala intensión tuvo el coraje de decírmelo.
A pesar de que le insistí, Juampi no quiso compartir el botín, no sé si fue porque se sentía culpable de la acción misma, o si fue por las monedas que se había guardado; sólo conservó esas piezas, que sumaban tres Australes con cincuenta y ocho centavos. Por mi parte entre lo que le había quitado a Federico y lo que yo tomé, logré contar veinticuatro Australes con dieciocho centavos, una interesante suma para esa época y para mi edad por supuesto.
Me enteré que Jorge y Federico me andaban buscando para romperme la jeta, pero tanto Juampi como yo no nos asomamos a la calle por tres o cuatro días, no tanto por la amenaza sino por el dolor de los golpes, la gripe, y el rumor que circulaba por el barrio de los inadaptados que habían robado las monedas en medio de golpes y gritos, como “bestias inescrupulosas”, según dijo doña Regina, la vieja de la esquina de la fuente. Creo que la ‘Gallega’, la señora del zapatero, nos vio, porque en poco tiempo se corrió la bola por el barrio, y a pesar de que nadie nos acusó, las miradas de los vecinos llegaban llenas de indignación atravesándonos como quien mira a un maldito violador; hasta Aurora la quiosquera se negaba a vendernos chicles y chocolates. En realidad los moretones y la gripe nos delataron, solo Jorge zafó de golpes visibles y de las anginas; maldito egoísta.
Pero todo no terminó ahí; las monedas seguían cayendo a la fuente, y nuestros enemigos decidieron ser los únicos con derecho a ellas; montaban guardia constantemente y se adueñaban de todo lo que en la fuente caía. Luego de varios intentos desistimos con Juampi intentar destruir aquel injusto monopolio; las palizas que recibimos nos sirvieron de lección. Solo de vez en cuando podíamos rescatar algunas monedas para comprar golosinas.
A diferencia de todos, la parte de mi botín no la había gastado, en realidad sólo la mitad, o casi la mitad. La causa era que mis padres sospechaban de mí por culpa de esa Gallega podrida y chusmosa que no sé qué le había dicho a mi vieja en la feria de los jueves. Así que tenía escondidas las monedas en un doble fondo que tenía mi armario, justo donde guardaba las zapatillas. Como era sospechoso de robo no podía darme grandes lujos en mis gastos, sólo de vez en cuando alguna monedita de cincuenta centavos, o una cuantas de diez o de cinco.
Cuando la fuente comenzó a perder una de sus primeras luces y el barrio se fue olvidando de tan aberrante hecho, comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Mi papá ganó un auto en una rifa de los bomberos, que él juraba nunca había comprado; le aumentaron el sueldo en el trabajo más del cien por cien, pudo terminar su curso de perfeccionamiento que tanto le había costado, y se murió su jefe de un terrible accidente. Mi mamá se curó de la celulitis y del nervio ciático que tanto la torturaba, inexplicablemente se puso más linda y tanto los vecinos como los compañeros del trabajo la comenzaron a cortejar; también tuvo aumento de sueldo, y sacó mil Australes a la quiniela; quedó embarazada, y ganó un viaje al caribe en un extraño sorteo de no sé qué agencia de turismo; yo por mi parte salí mejor compañero de mi grado, ganamos el campeonato de fútbol en donde yo fui goleador, se enamoraron de mí Graciela, Betty, Florencia y Romina; también mujeres más grandes que yo como Patricia de séptimo, Érica la rubia de la vuelta de casa de quince años, y otras más que se acercaban a mí y me halagaban; pero por otra parte perdí a Ana Laura, que de un día para otro comenzó a visitar a Juampi. Y eso fue lo peor que me podía haber pasado porque yo estaba enamorado de ella, nos dimos nuestro primer beso, y eso sellaba algo especial entre nosotros, incluso llegué a jurarle que nos casaríamos, y estaba seguro de ello.
Pero aquel desencanto me abrió los ojos, me hizo comprender lo que realmente estaba pasando, lo extraño de todas estas cosas. La clave estaba en las monedas, pero no en el valor de las piezas sino en los deseos que ellas contenían. Recordé inmediatamente la moneda de cincuenta centavos que me había hecho tirar mi viejo y el deseo que yo pedí, seguramente esa moneda la tenía Juampi, y si así era debía recuperarla o perder para siempre a Ana Laura. También caí en cuenta de la buena racha que había caído sobre mi familia y la posible vinculación con las monedas que yo escondía en mi cuarto. Sin perder tiempo corrí hacia lo de mi amigo y le pregunté si había conservado alguna de las piezas que habíamos robado de la fuente, como era de esperar me contestó sorprendido que sí, que había guardado una extraña moneda de origen español y una de cincuenta centavos que no sabía por qué le llamaba la atención. Sin rodeos le dije que ese metal era mío y le conté la verdad para que no pensara que era por el dinero. Fue el peor error que pude haber cometido en mi vida, Ana Laura era hermosa, y por supuesto ni Juampi ni ningún otro estaría dispuesto a perderla, menos ahora que sabía la verdad sobre aquella moneda que le daba poder. Se negó rotundamente a devolvérmela, y a pesar del dolor que me causó en el alma terminamos a las piñas. Obviamente lo llené de dedos, mi amigo nunca fue ágil para pelear; pero mi superioridad estaba vacía de gloria, no había conseguido la moneda.
Fue una semana llena de nervios y rencores, no sabía que hacer, iba a la casa de Juampi y le pedía a gritos que me devolviera los cincuenta centavos, que si me los daba yo estaba dispuesto a regalarle todas las otras monedas; pero a cambio solo recibía un profundo silencio. Esta manifestación de mi angustia atrajo la atención de todo el barrio, y por supuesto los infaltables comentarios de la chusma siempre alerta. Así muchos comenzaron a ver que los éxitos conseguidos por mi familia eran casualmente deseos ajenos; el recuerdo del día de la inauguración se abalanzó sobre todos comenzando a reconocer deseos olvidados, y por qué no, a justificar su envidia reprimida. A los pocos días teníamos una turba de vecinos en la puerta de casa reclamando se les devolviese las monedas que yo atrevidamente me había robado. No me olvido más que mis padres estaban alterados, no sabían que hacer, no entendían nada, tenían en la puerta una manifestación de vecinos desquiciados; por ejemplo Cuca, la peluquera; exigía que le reintegrasen su moneda de diez centavos en la cual había depositado su deseo de belleza; Augusto, el vecino de enfrente, reclamaba una de veinticinco centavos con la cual pidió un aumento de sueldo; Paulino, el cocinero de no sé qué restaurante, decía ser de su propiedad una de cinco centavos con la que había deseado ganar la rifa de los bomberos; la Gallega, doña Esther, e Isolina, reclamaban no sé cuantas con las cuales habían pedido salud, dinero y amor; Sonia, la esposa del carnicero, exigía a toda furia tres de cincuenta centavos que había arrojado a la fuente con la esperanza de ganar la quiniela; y así cientos de reclamos, entre los cuales había muchos que no correspondían a mi botín.
Mis viejos visiblemente consternados me pidieron les explicara que estaba pasando, y yo temeroso de que todo aquello terminara en un desastre les conté lo que habíamos hecho aquella noche de junio con Juampi, Fede y Jorge. Realmente no lo podían creer, y pese a todo lo que habían conseguido, en un ataque de moralismo, me pidieron las monedas para devolverlas. Fui hasta mi armario, tomé todas las que había, y se las di a mi viejo. Éste haciendo gala de su buena voluntad se acercó a la manifestación y pidió amablemente que de a uno se acercaran a reconocer, si podían, lo que les pertenecía. Pero el remedio fue peor que la enfermedad, pronto todo fue un revuelo, se peleaban entre todos, las monedas obviamente eran muchas y todas iguales. El desorden llegó a tal punto que la violencia se hizo presente, y la ley del más fuerte se hizo valer; cada cual se llevó lo que pudo.
En pocas semanas mis padres fueron perdiendo lo que habían conseguido en pocos días, y mis vecinos se vieron bendecidos por cosas que tampoco eran suyas, creando esta situación una especie de guerra civil entre ellos, ya que las monedas nunca fueron a parar a su verdadero dueño, y tampoco nadie quería desprenderse de las que había arrebatado, reclamándose unos a otros deseos que deseaban poseer.
Pero sinceramente poco me importaba todo lo que habíamos perdido, puesto que nada de ello nos correspondía por derecho, y nuestra vida volvía a ser la de antes, sin nada más ni nada menos. Pero algo sí me corroía el alma: yo había perdido algo que ya tenía de antes y no lo recuperaría más; había perdido el amor de una mujer en un estúpido deseo depositado en una insignificante moneda, un deseo que más allá de ser una carencia debía haber sido un hecho. Comprendí sin embargo que si me daba por vencido estaba perdido para siempre. Así que me decidí a hacer uso de mi astucia y fui a visitar a Leo, después de mí, el mejor amigo de Juampi. A pesar de que él estaba al tanto del increíble episodio de las monedas, no sabía nada sobre la que yo más deseaba; así que le conté la historia de Ana Laura y le juré que si conseguía quitarle la moneda a su amigo, yo le daría a cambio diez mucho más valiosas (mentira porque ya las había devuelto todas, pero dicen que el que no llora no mama...). Aceptó entusiasmado, pero me dijo que sería un tanto difícil, porque como yo sabía la madre de Juampi no quería que nadie jugara en el cuarto, pero que haría todo lo posible.
Realmente Leo había demostrado ser todo un maestro en el arte de la sustracción, a los pocos días pude ver como Ana Laura dejaba de frecuentar la casa de mí ex amigo. Éste, supongo que lleno de vergüenza, no salió a la calle por un par de semanas. Pero a Leo tampoco lo volví a ver, y lo más desagradable de todo fue que ahora Ana Laura visitaba asiduamente la casa de este traidor. No podía creer mi suerte, ya no tenía ganas de pelear ni de buscarle la vuelta al asunto, simplemente me resigné de que la había perdido para siempre. Sólo para descargarme la angustia fui a la casa de mi abuelo y le conté mi desgracia; el viejo, que nada tenía de sonso y la sabiduría le sobraba en años, me dio la solución. Estúpido de mí que no me di cuenta antes, era tan sencillo y me hubiera ahorrado tantos problemas, que no pude hacer más que reírme a carcajadas con mi abuelo, un genio el viejo.
Para ser lo más cínico posible lo elegí al mismo Leo; lo busqué incansablemente, pero como era de esperar se hacía negar con la madre: no está, está durmiendo, todavía no vino, está con “la novia”, etc. Cansado de tanta persecución lo fui a esperar a la salida de la escuela, esa que está en la otra esquina de la fuente. Como él iba a la mañana y yo a la tarde me hice una escapada antes de comer. Lo distinguí entre tantos guardapolvos blancos por ser el más alto; cuando me vio se quería matar, no sabía dónde esconderse, pero se hizo el zorro y me recibió con un apretón de manos, yo para ser más falso lo abrasé y le di un beso. Le dije casi confidencialmente que tenía algo que contarle y le pedí que nos sentáramos en la fuente para estar más cómodos. Caminamos hasta allá en compañía de un silencio incómodo; la fuente estaba encendida, los chorros de agua ya no danzaban coreográficamente, pero por lo menos conservaban su dignidad a una altura bastante considerable. Al llegar advertimos que unos pibes (unos botelleros que habían estacionado su carro en la esquina) se bañaban y jugaban allí dentro; me acuerdo que hacía mucho calor, ya estabamos a fines de octubre; miré el fondo, ya no habían monedas, solo el rastro de oxido de algunas de ellas, la huella dorada de que alguna vez los deseos sembraron aquel lugar. Leo advirtió mi mirada y recordó conmigo el gracioso episodio de aquella noche de junio; sin perder la oportunidad aproveché aquel momento y le conté como la noche de la inauguración mi papá me dio una moneda de cincuenta centavos y me animó a que pidiera un deseo, y ahí nomás le confesé que mi deseo había sido que Ana Laura me amara para siempre, porque yo sentía eso por ella. Leo me miró con una rara impresión en su rostro, yo también sentí algo dentro de mí, pero antes que acertara a decirle nada él me dijo: “Los deseos no se cuentan boludo”. Y con esa frase se dio cuenta que el poder de la moneda se desvanecía. Se quedó inmóvil, quizás masticando sus últimas palabras, me miró con una media sonrisa en su cara aceptando seguramente la derrota, y me felicitó con un: “sos un hijo de puta”.
Días después, luego que Ana Laura dejara de visitar su casa, me devolvió la moneda y me pidió disculpas, me dijo que me había traicionado porque al poseer la moneda él también se había enamorado de ella, pero que mi astucia había roto el encanto, así lo sintió cuando le confié mi deseo. Hoy en día es uno de mis más preciados amigos y padrino de Fabián, mi hijo.
Esa misma tarde, sentados en el mismo lugar en que se había producido el desencanto, Ana Laura me confesó su amor. Luego de más de diez años de noviazgo, de peleas y reconciliaciones, nos casamos; tuvimos a Fabián, y nos mudamos a una casa que da frente a la fuente (manantial trágico de nuestro amor). Todas las tardes, después de tomar mate, nos sentamos en el borde de ésta con los pies hacia dentro, y nos sentimos felices viendo a nuestro hijo jugar dentro de la fuente vacía. Ya no hay más agua, ni luces, ni tampoco monedas con deseos olvidados; la única moneda llena de nostalgia es la que cuelga de mi cuello, moneda que todavía guarda el secreto de un deseo... que por supuesto no se puede contar (nadie lo sabe).