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Problemas de Metaphysica Vulgaris

Vito Sosa
Escribidor








¿Me cuidás el lugar?, dijo la señora que tenía delante en la cola del banco. Ahora enseguida vengo, aseguró mientras yo me terminaba de tomar el agua de la botellita, y le decía que sí con la cabeza mirando el lugar que había dejado vacío la doña. Miré al hombre que estaba detrás de mí y le sonreí cómplice con un gesto de qué-se-le-va-hacer. Me miró por encima del diario que leía y volvió a bajar la vista como si no hubiese pasado nada a su alrededor. El lugar que yo tenía que cuidar, el espacio vacío que había dejado la señora, era difícil de determinar, no podía hacerme una idea holográfica del espacio cúbico que había ocupado aquel cuerpo que me dijo que enseguida volvía. Delante del vacío a mi cuidado, una vieja canosa y jorobada no dejaba descansar su cuerpo, sacudido por un visible Parkinson. Comencé a ponerme nervioso, la idea de cuidar un lugar era extremadamente ambigua y falaz. No era lo mismo que si me hubiese dicho ¿me cuida al niño que ya vuelvo? o ¿me cuidás la bicicleta? Pero cuidar un lugar es como cuidarle el tiempo a alguien. No son cosas ni personas a las cuales uno está atento que no les pase nada ni desaparezcan por un descuido. ¿Cómo se cuida un lugar, cómo se cuida el tiempo? Esta señora me había puesto en un compromiso metafísico difícil de cumplir por difícil de determinar. Para colmo no tenía testigos del fraude proposicional, el señor del diario se hizo el sota y la vieja de adelante ni se enteró, en medio de su terremoto corporal y su sordera, visible en los monstruosos audífonos que salían de sus orejas.
La cola en el banco era larga y llevaba atascada varios minutos. Se sentía cómo el fastidio recorría la columna vertebral de la espera. La idea de que avanzara antes de que la señora ausente volviera me carcomía los nervios. ¿Qué haría con aquel lugar vacío que ya era un agujero negro que me tragaba produciéndome un vértigo espantoso? No podía moverlo conmigo. De hacerlo, desplazaría todo el espacio hacía adelante, con lo cual la cola, a pesar de moverse, permanecería en el mismo lugar.
Un hombre negro como el carbón y de cabellos blancos como la nieve pasaba el lampazo cerca de la cola y me miraba como a un loco. Seguramente escuchó lo que estaba pensando. Tengo la costumbre de pensar en voz alta. Me avergoncé un poco, pero cuando volví a mirar ya estaba más lejos, lanzándome miradas de reojo cada tanto.
Miré el reloj de la pared. Habían pasado apenas dos minutos. Pero los relojes mienten. Cuentan el tiempo con la mecánica de una marcha fascista. Para mi cronos interior habían pasado horas desde que la señora me dejó cuidando su lugar. Y el agujero negro seguía ahí, esperando ser determinado por un ser mundano al que le sudan las manos y se le torsiona el estómago. Pensé en irme y sumarle mi lugar vacío al de la señora, que ya nadie cuidaría, con lo cual quedaría anulado el problema y relajados mis nervios. Pero visualicé un nuevo desequilibrio en el orden del universo. La señora volvería, y al no verme, reclamaría su lugar al señor del diario y a la vieja sorda, estos interpretarían tal actitud como un intento de colarse, y se armaría flor de despelote gracias a mi comportamiento cobarde. Pero el verdadero desequilibrio, para ser honesto conmigo mismo, sería no pagar la boleta y seguir sin internet, Vade retro Satanás.
Me lamenté profundamente haberle dicho que sí. Sentí ese dolor de no poder volver hacia atrás para modificar una simple acción. Me imaginé atajando a la señora diciéndole disculpe pero no sé a lo que se refiere con eso de que le cuide el lugar, o, lo lamento pero no estoy capacitado para asumir tamaña responsabilidad, o tal vez aclarándole que no soy competente ni entendido en problemas metafísicos de esa envergadura. Pero así como no podía empujar hacia adelante el lugar de la señora, tampoco podía volver hacia atrás en el tiempo,  ya que de poder hacerlo anularía el conocimiento de los efectos de mis acciones, lo cual me determinaría a actuar de la misma manera. Maldita naturaleza del universo.
De repente la cola avanzó y volví al mundo cotidiano de la espera como si cayera por una montaña rusa. Apenas fueron un par de pasos que dio la vieja sorda. Para mí fueron dos abismos. No me atrevía a pisar o saltar el agujero negro dejado por la señora. Tampoco podía permitir que los demás pasaran por encima del lugar que yo estaba cuidando. Sentí a mis espaldas el crepitar de las hojas del diario y un resoplido cargado de mufa. Una multitud de miradas me taladraban la nuca y me empujaban con su impaciencia. Pude percibir cómo se asomaban las cabezas por ese pasillo de personas para ver por qué carajo la cola no avanzaba. Yo estaba paralizado mirando ese cono rojo que había dejado el negro canoso a mi izquierda, donde había limpiado. La cola volvió a avanzar y una ola de murmullos rompió sobre mí. ¿Qué pasa viejo? escuché decir al hombre del diario. Espere un momentito, le dije haciendo un gesto con mis manos para que no se moviera. Fui a buscar el cono, que tenía el dibujo de un hombre resbalando, y lo puse sobre el agujero negro que había dejado la señora a mi cuidado. Lancé una mirada general hacia atrás, y les comuniqué a todas aquellas caras fastidiosas que no pisaran allí. Sin esperar respuestas caminé hasta llegar a las espaldas de la vieja sorda, guardando la distancia debida. Miré el reloj. Ocho minutos. Empecé a sospechar del reloj, para mi cronos interior solo se habían deslizado un par de minutos. Ya sentía ganas de orinar.
Miré hacia atrás. Nadie había movido el cono. Lo pasaban de a uno con cuidado, como si fuera el lugar reservado de una persona. De alguna manera me sentía satisfecho, pero algo me seguía carcomiendo por dentro, la licencia que se había tomado la señora que me dejó el puesto de vigilante y de gil. Tenía ganas de ir al baño, pero ya faltaba poco, solo había tres personas delante de la vieja sorda, y la mecánica del tiempo ya contaba más de diez minutos de espera cuando sentí una leve alteración en la médula espinal de la cola, y como si hubiese visto un fantasma, un escalofrío me pinchó el cuerpo al ver llegar a la mujer, que con un tímido Gracias, se disponía a hacer posesión del lugar abandonado. Traía en sus manos varias bolsas de compras y se la notaba jocosa. Como yo no le hice lugar, me quedó mirando un rato, y media desconcertada me dijo:
-Yo estaba acá ¿te acordás?
-Discúlpeme pero ‘éste’ no era su lugar – le contesté muy tranquilo.
-¿Cómo que no? – sus ojos se abrieron de la sorpresa, mientras buscaba cómplices – Si yo te dije que me cuidaras el lugar…
-Sí, es verdad, pero ‘ÉSTE’ – recalqué señalando con el índice el piso – no es el lugar que usted me pidió que yo le cuide.
-¿Vos me estás cargando?
-No señora. Yo cumplí con mi palabra y le cuidé el lugar, que no es éste.
-¿Y cuál es? – Me preguntó visiblemente fastidiada.
Le pedí que me siguiera, y caminamos unos cuantos metros, con todas las personas incluidas linealmente, hasta llegar al cono.
-Éste es su lugar – le dije sacando el cono e invitándola a ocuparlo.
Las dos personas que estaban a ambos lados del cono nos miraron sin entender lo que pasaba, la señora tenía clavados sus ojos furiosos en mí, y yo, desentendiéndome de todas aquellas miradas, le dije a la señora: De nada. Cuando me di vuelta para volver a mi lugar en la cola escuché:
-¿Vos te pensás que yo soy pelotuda o qué?
Me volví sobre mis talones y la miré a los ojos.
-No la conozco tanto como para afirmarlo. – Contesté mientras volvía a poner el cono en su lugar al ver que la cola avanzaba y la señora se resistía a aceptar la realidad de las cosas.
-No. Seguramente vos sos de esos pelotudos sin sentido común.
-No me falte el respeto por favor. Usted me pidió que le cuide el lugar, y ahí está…
-O sea, me tomás de boluda.
-No señora. Mientras usted se fue de shopping y todos los pelotudos que estamos acá hacíamos la cola por usted, yo me ocupé de que nadie ocupara su lugar, valga la redundancia.
-Se supone que cuando alguien pide que le cuiden el lugar, el lugar es el que está entre esa persona y la de adelante, no el lugar donde apoyaba sus pies.
-Usted supone muchas cosas sin pensar. Si es como usted dice, entonces el lugar que ocupaba se tendría que mover junto con la cola, lo que provocaría que se moviese a la vez todo el espacio circundante y por ende la cola no avanzaría. Su lugar es ese, el mismo que dejó cuando se fue a pasear.
-¿Vos estás drogado o qué carajo te pasa?
La cola seguía avanzando y la gente nos miraba risueña, entretenida con una discusión metafísica vulgar.
-Haga lo que quiera señora, yo ya hice lo que tenía que hacer.
Me di media vuelta y caminé hacia mi lugar con la dificultad de una vejiga a punto de explotar. Detrás de mi venía la mujer bramando que claro que iba a hacer lo que quisiera, es decir, ocupar su lugar. Pero cuando llegué delante de la cola me di cuenta que ya no estaba ni la vieja sorda ni el señor del diario. Un hombre obeso, morocho y sudado esperaba con cara de fastidio. Le toqué el hombro con suma delicadeza y le dije:
-Disculpe, ¿pero acá no había un hombre leyendo un diario?
-No.
-Ah. Porque yo estaba delante de él.
-Y yo delante de él. – Dijo la señora sin perder tiempo y alzando la voz para que todos la escuchen.
-Acá no había ningún hombre leyendo el diario. – Recalcó secamente y sin mirarnos.
La señora se adelantó y lo increpó:
-Lo que pasa es que yo le pedí a este estúpido que me cuidara el lugar y cuando volví había puesto un cono por allá atrás y ahora resulta que la cola avanzó y la gente que teníamos adelante ya pasó…
-Qué macana doña.
-¡Macana las pelotas! – le gritó – Hace más de una hora que yo vine al banco y no voy a volver a hacer la cola…
-Pero salió del banco lo más pancha a hacer compras mientras la gilada le hacíamos la cola – Agregué ácidamente en un comentario dirigido a todo el Banco.
-¡Qué carajo te importa qué fui a hacer! ¡Todo esto es culpa tuya! – Me gritó mientras me golpeaba en un brazo con las bolsas de cartón.
Con semejante barullo no tardó en acercarse un hombre de seguridad y preguntar qué estaba pasando.
-Se quieren colar – Dijo el hombre obeso.
-Yo no me quiero colar imbécil, yo estaba acá…
-Señora va a tener que hacer la cola como todo el mundo – Sugirió amablemente el de seguridad.
Tras una larga discusión en donde la señora intentó explicar el mal entendido y yo intenté desarrollar la metafísica vulgar del espacio, el hombre de seguridad nos acompañó hasta el final de la cola escuchando con atención nuestros argumentos y mostrándonos amablemente nuestros nuevos lugares.
-Espero que sepan cuidar de estos. – Bromeó el hombre y se retiró.
Sin perder tiempo ante mi débil resignación me puse al final de la cola antes que la señora reaccionara. Se acercó despacio y se puso detrás de mí mientras me rezaba un rosario de insultos y maleficios. La cola avanzaba más rápido pero era mucho más larga que cuando yo había llegado. Dentro de mí la tensión de la espera me acercaba al umbral del dolor, sudaba y me retorcía mientras escuchaba por detrás la homilía de improperios y guarangadas que no se cansaba de proferir la mujer, haciendo cómplices a los que estaban detrás de ella. Me resistía a darme vuelta y tener que decírselo. Miré el reloj, el banco cerraría en diez minutos y diez minutos era demasiado, quien podría soportarlo. Miré hacia atrás, la cola cada vez era más larga, igual que los insultos. Tenía ganas de llorar. No aguantaba más, se lo tenía que pedir o reventaría de manera bochornosa. Sudado, pálido y tenso, me di vuelta y le imploré a la mujer:
-¿No me cuida el lugar que voy al baño y vengo?



El Rey de Copas

Vito Sosa
Escribidor



Ser un rey de copas no tiene nada que ver con la baraja española. Habrá reyes de espadas, reyes del oro, reyes de madera, pero rey de copas hay uno solo, yo. He vaciado tantas copas, y viciado tantos tragos, que sería imposible llevar la cuenta. Quizá se pueda contar, pero no con los dedos, con la lengua y la boca sí, que no solo sirven para tomar, sino para contar cuanto se ha tomado pese a que uno ya no se acuerde, porque precisamente se toma para olvidar, cuánto.
Soy el rey de copas. Indiscutiblemente. Nadie me supera ni me superará. Alcanzarme sería la muerte a mitad de camino. Muchos sucumben en coma alcohólico antes de que yo logre entonarme, y las copas mueren vacías delante de mis narices que resoplan con el aliento de un dragón. No hay trago que me pueda resistir, los extingo como se apaga una velita de cumpleaños con dos dedos húmedos de saliva.  Nadie puede seguirme ni alcanzarme, por eso yo y mi borrachera, solos, naufragando en estos agitados mares de espuma etílica y horizontes de olvido. Sólo, en este enredo confuso de diálogos con nadie, de palabras huérfanas de sentido, y esas carcajadas resbalosas que me atacan al verme tan ridículo en este trono sin reino.
Tres días de curda me dan coraje para escribir y seguir tomando. De bar en bar, de copetín en copetín voy pasando sin gloria, ensuciando esta libreta con lo que vuelca el temblor de mis manos, con lo que ellas escriben sin que yo pueda pensar, sin que yo decida que. Ya no recuerdo ni cómo me llamo, ni por qué estoy en este bar hediondo de Once, ni por qué el barman, ese negro grandote y feo me amenaza desde el otro lado de la barra. Yo sigo escribiendo con la seguridad de que tarde o temprano me van a golpear, esa degenerada emoción me gusta, ese violento beso de las buenas noches y un despertar lleno de dolores y preguntas, y luego.
Es la única satisfacción que tengo, el orgullo que le da sentido a mi vida. Este trono sin reino, este rey de copas que soy. El negro me amenaza de nuevo y yo soy el rey que lo manda a la horca, que ve el dogal tenso en su cuello mientras el patíbulo rechina al vaivén de péndulo de un cuerpo todavía convulsivo.
La copa está seca de nuevo y el negro no la quiere llenar más. Parece que me conoce bastante bien, pero sin embargo no me respeta, y se ríe cuando le digo que soy rey y trono sin reino (¿o reino sin trono?). Me sigue amenazando lleno de furia. Es la tercera vez que me golpea en la cara. Las otras dos no me dio tiempo a escribirlo.
Ahora ya no me acuerdo qué es lo que estaba escribiendo, ni puedo leer lo que ya está escrito. Nada importante seguro, a quién le puede interesar lo que escribe un borracho, si ya ni a los reyes se les tiene respeto que se los golpea y se los insulta y amenazan, y de una patada en el culo van a parar a la calle destronados de la barra, desterrados de un reino sin soberanos, lleno de copas que quedan vacías por la mañana y los bolsillos sin un cobre y una sed que me llena de preguntas, y quizá también. Mejor terminar con esto y buscar otro trono que me aguante hasta el mediodía, aunque sea.


Sin pelos en la lengua

Vito Sosa
Escribidor




Tenía pelos en la lengua. Lo noté una mañana después de lavarme los dientes y sentir que algo me raspaba el paladar. Fue duro creerlo, y asqueroso soportarlo. Al principio fue como una pequeña barba, algo que ensombrecía mi lengua, pero que raspaba por dentro y en ciertas oportunidades me daba náuseas. Los médicos me hablaron de un desequilibrio hormonal, me recetaron medicamentos y recomendaron estudios y análisis varios. Salí del centro médico con la sensación de que se habían reído de mí, que me habían atendido como si yo fuese la mujer barbuda.
Volví al mes, cuando los pelos de mi lengua tenían ya tres centímetros de largo. No solo era repugnante comer y beber con ellos, sino que ya me costaba hablar con claridad, las “eses”, “erres”, “enes”, “g” y “d”, me resbalaban o se perdían en un zumbido peludo. El mal aliento era constante debido a que los pelos y la saliva lograban una mezcla letal de pantano, de verdín y restos de comida. Lo peor era que yo a esa altura me había acostumbrado, pero no mi familia ni mi novia, que decidió alejarse por un tiempo hasta que yo resolviese mi problema. No la culpo a Irene por su decisión, el error fue mío al besarla en la boca sin decirle nada; casi se desmaya después de haber vomitado hasta el vacío; creo que todavía me odia. Irene, te pido perdón.
Los médicos habían decidido rasurarme la lengua y comenzar con el tratamiento hormonal. Fue un rotundo fracaso. Los pelos comenzaron a crecer con más rapidez y fuerza. A los cinco días tenía una bola de pelos en mi boca que no me dejaba hablar, frecuentemente me atragantaba con un mechón que caía por mi garganta; un día casi me muero atragantado por un exceso de tos y pelos. Mi vieja comenzó a rasurarme la lengua todos los días para que pudiera comer, pese a la insistencia de los médicos que ya querían internarme y llevarme no sé a que simposio. Me negué a seguir con el tratamiento que parecía empeorar el cuadro, pero empecé a preocuparme al ver que ni bien me rasuraban la lengua los pelos ya estaban ahí creciendo a una velocidad descomunal. Pensé en cortarme la lengua, pero temí que los pelos comenzaran a crecer por otros lados… quien sabe, podrían empezar a crecerme pelos en los ojos, lo que me impediría cerrar los párpados y luego ver, y lo peor de todo sería que no podría rasurarme los ojos sin lastimarlos, corriendo el riesgo de quedarme ciego. También podrían salirme pelos en las manos al punto de impedirme agarrar cosas, o en los oídos hasta dejarme sordo o hacerme estallar la cabeza por dentro debido a la presión que haría la bola de pelos… estaba condenado a la incertidumbre de no saber hasta cuando tendría que vivir con pelos en la lengua, que ya a esta altura me salían por la boca en una asqueroso mechón húmedo y maloliente.
El día en que la idea del suicidio rondaba por mi cabeza como última alternativa, ocurrió lo que yo hubiese sido incapaz de pensar. Mamá y Carolina discutían en la cocina a los gritos, los insultos y los golpes bajos se dejaban oir sin pudor, mis nervios comenzaban a desatarse peligrosamente, no me podía concentrar, no podía resolver si matarme con un arma o colgarme o cortarme las venas (ahogado jamás… tampoco el fuego o el tren). Entré furiosos a la cocina con el revolver del abuelo, dispuesto a matarla a las dos y después cortarme la lengua (a ver qué pasaba, no me iba a matar así porque sí), cuando escuché la última frase que pronunciara mamá antes del silencio cortante: “…te digo lo que siento porque yo no tengo pelos en la lengua querida…”. Fue más que suficiente para que mi mente quedara en blanco, para que el arma cayera al piso, para que se iluminara desde la nada la solución, la respuesta, la dicha, la felicidad. Un instante fuera del tiempo, en donde Carolina empezó a reír al ver el mechón de pelos saliendo de mi boca como una cola de caballo, una situación absurda y cómica prendida a las últimas palabras, que seguían rebotando en mi cabeza junto a las carcajadas que ya rozaban la insolencia. Carolina lloraba de la risa y mamá se las tragaba por respeto. Como pude les empecé a cantar las cuarenta a las dos, entre zumbidos peludos descargué el odio guardado por tantos años, los reproches miserables que se pudrían dentro, escupí sus máscaras hipócritas y las mías también, y confesé las ganas terribles de matarlas y cortarme la lengua… cuando salí de la cocina las carcajadas seguían rebotando por toda la casa, pero ya no me afectaban, me había sacado un gran peso de encima, me había liberado y ahora estaba dispuesto a ir hasta el final, era mi cura, el único camino.
Estaba tan extasiado por esta liberación que hasta en la calle le decía a las personas lo que pensaba de ellas, SIN PELOS EN LA LENGUA; horrorizados me miraban, se persignaban, huían. En la oficina me sacaron a patadas mis propios jefes, les dije lo que en cinco años no me atrví a decir, mientras me arrastraban por el pasillo les gritaba a Victor, a Marcelo, a Laura, a todos los que me miraban anonadados cómo me arrastraban hacia la salida, cómo los odiaba, lo tanto que los aborrecía, lo mucho que me gustaría verlos en la miseria, aplastados por la desgracia, la adrenalina y la situación misma me excitaba cada vez más. Visité a los pocos amigos que tengo (o mejor dicho que tenía) y les vomité con detalles todo lo que me había guardado y más. Cuando llegué a la casa de Irene, ya se me habían caído casi todos los pelos de la lengua, lloré de felicidad y de tristeza cuando escuchó las confesiones crueles y ruines que le hice. Eso sí, tuve la delicadeza de pedirle disculpas por el incidente del beso peludo. Igualmente me mandó a cagar.
No me volvieron a salir más pelos en la lengua. Tampoco puedo hacer amigos ni conseguir trabajo. En cuanto digo lo que pienso se me cierran todas las puertas. Nunca pensé que vivir sin pelos en la lengua iba a resultar más difícil que tenerlos. Me quedé sin familia, sin amigos, sin trabajo, cualquier desconocido se enoja conmigo en cuanto le digo algo. Quizás me tome demasiado enserio esto, al punto de convertirme en un cínico, un indeseable. Pero hay algunos locos por ahí que me escuchan y se ríen, (la verdad, sobre todo de sí mismos, les da gracia, les divierte la caricatura) que me dan la razón y me dicen que el mundo todavía no está preparado para una persona como yo. Esas son las únicas personas que de vez en cuando me tiran un cobre para que pueda comer algo, que me dan alguna pilcha vieja o una viandita con lo que sobró de anoche. Me gusta estar con ellos porque me convidan cigarrillos y me escuchan y se ríen y me dicen que sí, que es verdad, mientras me dan unas palmaditas en la espalda y me invitan a seguir mi camino para que no los moleste más; ya lo sé que es así, y se los digo, y se los digo siempre que paso, porque si hay algo que no tengo son pelos en la lengua, cualquier cosa menos pelos en la lengua.

La fuente de los deseos

Vito Sosa
Escribidor




“Si el deseo es carencia, qué será de nuestros sueños”
 Cuando era un pibe (ocho o nueve años) inauguraron en la esquina de casa una fuente. Como todo, al principio tenía luces de colores y variados chorros de agua que subían y bajaban en una coreografía exquisita. Con el tiempo las luces desaparecieron y los chorros de agua eran un triste reflejo de la presión que ejercía la bomba. Parece un desafío para el argentino mantener en condiciones los bienes que se pueden compartir, las obras que nos pertenecen a todos, no es así sin embargo con la propiedad privada; el hecho es que el instinto dañino no hizo excepciones con la fuente. Pero antes que comenzara a deteriorase era un verdadero lujo para le esquina de mi barrio, en todo Martín Coronado existía nada igual. Una obra asombrosa como una palangana gigante de unos cinco o seis metros de diámetro, toda de cemento, con esos azulejitos celestes de pileta de natación que le daba espíritu de cielo al agua, y su anillo oblicuo que hacía de borde (y a la vez de asiento).
Recuerdo que en la inauguración estuvo el intendente y otras autoridades, que hubo música y choripán, que estuvieron las cámaras de canal 7, que tocó una orquesta sinfónica, y que le di mi primer beso a Ana Laura, motivo este para pelearme con Riki que estaba enamorado de ella. Pero el hecho más curioso que nos llenó de entusiasmo a mí y a Juampi, fue el momento en que todos comenzaron a arrojar monedas a la fuente. Había olvidado por completo esta tradición, se paraban de espaldas a la fuente, pedían un deseo y tiraban la moneda hacia atrás sin darse vuelta antes que ésta cayera al agua, pues la condición para que el deseo se cumpliese consistía en no ver caer la pieza ni intentar ubicarla en el fondo de la gran pileta. Hasta mi viejo me hizo cumplir con el rito ofreciéndome una moneda de cincuenta centavos; por supuesto los deseos no se cuentan, pero puedo decir que Ana Laura viajó hasta el fondo de la fuente en un inocente deseo de metal.
Con Juampi nos amotinamos al borde del piletón comiéndonos con la mirada la cantidad de monedas que sembraban el fondo; era impresionante, habían de todos los tamaños, pero el tamaño no nos importaba, sino la cantidad. A simple vista era evidente que en el barrio o sobraban los ambiciosos insatisfechos o la tentación de tirar una moneda era muy fuerte. Con Juampi resolvimos que eran demasiados deseos para estar ahogándose por un capricho supersticioso y comenzamos a trazar planes de cómo nos apoderaríamos de aquel exuberante tesoro, cuándo y de qué forma; pero no tardamos en darnos cuenta de que no éramos los únicos piratas, Jorge y Federico miraban el fondo dorado con la misma expresión con que lo habíamos hecho nosotros, y por cómo nos miraban de a ratos, también eran conscientes de las intensiones que nos dominaban.
La indiferencia fue una primera estrategia para despistar al enemigo, pero pronto comprendimos que de nada serviría, de un momento a otro nos encontraríamos saqueando deseos ajenos, y el conflicto sería inevitable. Decidimos pues pactar con el enemigo y llegar a un acuerdo. La negociación fue más dura de lo que pensábamos; Federico cedía, pero Jorge no quería saber nada, no quería compartir ni un centavo porque decía que la idea se le había ocurrido a él primero. Para colmo la discusión era confusa en medio de una inauguración llena de muchedumbre, música a los palos, y amigos que se acercaban a curiosear; no nos escuchábamos y las interrupciones nos hacían perder el hilo. Al fin y al cabo llegamos a un arreglo, no sin antes propinarnos unas trompadas con Jorge que insistía en su propiedad intelectual.
Combinamos a las dos de la madrugada, cuando todo había concluido y nuestros padres dormían. Dividimos la fuente en dos con una línea imaginaria que cruzaba de norte a sur (más o menos). El sector Este era nuestro, y todo lo que de allí saliera lo dividiríamos en partes iguales con Juampi; lo mismo habían arreglado Jorge y Federico. Como era junio y hacía un frío tajante nos llevamos un piloto cada uno y las botas de agua. De nada sirvieron, pues la fuente parecía tener un automático que cortaba el chorro a determinada hora, a las dos de la mañana ya no funcionaba, y las botas de goma se llenaron inmediatamente de agua ya que el nivel de ésta nos llegaba casi hasta la entrepierna. De hecho terminamos todos mojados porque debíamos agacharnos constantemente para recoger las monedas, mojándonos los brazos y hasta a veces el pecho; y a medida que nos acercábamos al centro la fuente se hacía más profunda, llegándonos el agua casi hasta el ombligo (me acuerdo que estaba congelada). A pesar de todo trabajamos con una sorprendente rapidez, metiendo las piezas de metal en una bolsa de supermercado; pero la rapidez no se debía tanto al frío sino al miedo de que nos descubrieran en tan profana empresa por un lado, y por otro a la desconfianza de que el enemigo se pasara del límite establecido. Efectivamente hubo problemas, pues la línea resultó ser más imaginaria de lo que habíamos creído, Federico se había pasado más de un metro, y Jorge discutía lo mismo con Juampi, lógicamente no había manera de comprobarlo, todos de alguna manera teníamos razón, pero a simple vista algunas bolsas pesaban más que otras. Fue inevitable, de la discusión pasamos a los gritos, y de los gritos a las trompadas; fue una lucha feroz pero que a cualquiera hubiera causado gracia: cuatro mocosos golpeándose con bolsas llenas de monedas, tirándose de los pelos, intentando ahogarse, lanzando golpes sin dirección alguna, salpicándose agua a los ojos con violencia para cegar al enemigo y asestarle un buen puñetazo. La riña terminó cuando logré hacerme con la bolsa de Federico y salir corriendo a mi casa sin que este pudiera alcanzarme; realmente le había dado una buena golpiza. Juampi no tuvo tanta suerte, quedó rezagado y recibió una paliza que hasta el día de hoy no se olvida; sólo pudo conservar un puñado de monedas que el muy pillo se había encanutado en uno de los bolsillos del pantalón, pero más allá de su mala intensión tuvo el coraje de decírmelo.
A pesar de que le insistí, Juampi no quiso compartir el botín, no sé si fue porque se sentía culpable de la acción misma, o si fue por las monedas que se había guardado; sólo conservó esas piezas, que sumaban tres Australes con cincuenta y ocho centavos. Por mi parte entre lo que le había quitado a Federico y lo que yo tomé, logré contar veinticuatro Australes con dieciocho centavos, una interesante suma para esa época y para mi edad por supuesto.
Me enteré que Jorge y Federico me andaban buscando para romperme la jeta, pero tanto Juampi como yo no nos asomamos a la calle por tres o cuatro días, no tanto por la amenaza sino por el dolor de los golpes, la gripe, y el rumor que circulaba por el barrio de los inadaptados que habían robado las monedas en medio de golpes y gritos, como “bestias inescrupulosas”, según dijo doña Regina, la vieja de la esquina de la fuente. Creo que la ‘Gallega’, la señora del zapatero, nos vio, porque en poco tiempo se corrió la bola por el barrio, y a pesar de que nadie nos acusó, las miradas de los vecinos llegaban llenas de indignación atravesándonos como quien mira a un maldito violador; hasta Aurora la quiosquera se negaba a vendernos chicles y chocolates. En realidad los moretones y la gripe nos delataron, solo Jorge zafó de golpes visibles y de las anginas; maldito egoísta.
Pero todo no terminó ahí; las monedas seguían cayendo a la fuente, y nuestros enemigos decidieron ser los únicos con derecho a ellas; montaban guardia constantemente y se adueñaban de todo lo que en la fuente caía. Luego de varios intentos desistimos con Juampi intentar destruir aquel injusto monopolio; las palizas que recibimos nos sirvieron de lección. Solo de vez en cuando podíamos rescatar algunas monedas para comprar golosinas.
A diferencia de todos, la parte de mi botín no la había gastado, en realidad sólo la mitad, o casi la mitad. La causa era que mis padres sospechaban de mí por culpa de esa Gallega podrida y chusmosa que no sé qué le había dicho a mi vieja en la feria de los jueves. Así que tenía escondidas las monedas en un doble fondo que tenía mi armario, justo donde guardaba las zapatillas. Como era sospechoso de robo no podía darme grandes lujos en mis gastos, sólo de vez en cuando alguna monedita de cincuenta centavos, o una cuantas de diez o de cinco.
Cuando la fuente comenzó a perder una de sus primeras luces y el barrio se fue olvidando de tan aberrante hecho, comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Mi papá ganó un auto en una rifa de los bomberos, que él juraba nunca había comprado; le aumentaron el sueldo en el trabajo más del cien por cien, pudo terminar su curso de perfeccionamiento que tanto le había costado, y se murió su jefe de un terrible accidente. Mi mamá se curó de la celulitis y del nervio ciático que tanto la torturaba, inexplicablemente se puso más linda y tanto los vecinos como los compañeros del trabajo la comenzaron a cortejar; también tuvo aumento de sueldo, y sacó mil Australes a la quiniela; quedó embarazada, y ganó un viaje al caribe en un extraño sorteo de no sé qué agencia de turismo; yo por mi parte salí mejor compañero de mi grado, ganamos el campeonato de fútbol en donde yo fui goleador, se enamoraron de mí Graciela, Betty, Florencia y Romina; también mujeres más grandes que yo como Patricia de séptimo, Érica la rubia de la vuelta de casa de quince años, y otras más que se acercaban a mí y me halagaban; pero por otra parte perdí a Ana Laura, que de un día para otro comenzó a visitar a Juampi. Y eso fue lo peor que me podía haber pasado porque yo estaba enamorado de ella, nos dimos nuestro primer beso, y eso sellaba algo especial entre nosotros, incluso llegué a jurarle que nos casaríamos, y estaba seguro de ello.
Pero aquel desencanto me abrió los ojos, me hizo comprender lo que realmente estaba pasando, lo extraño de todas estas cosas. La clave estaba en las monedas, pero no en el valor de las piezas sino en los deseos que ellas contenían. Recordé inmediatamente la moneda de cincuenta centavos que me había hecho tirar mi viejo y el deseo que yo pedí, seguramente esa moneda la tenía Juampi, y si así era debía recuperarla o perder para siempre a Ana Laura. También caí en cuenta de la buena racha que había caído sobre mi familia y la posible vinculación con las monedas que yo escondía en mi cuarto. Sin perder tiempo corrí hacia lo de mi amigo y le pregunté si había conservado alguna de las piezas que habíamos robado de la fuente, como era de esperar me contestó sorprendido que sí, que había guardado una extraña moneda de origen español y una de cincuenta centavos que no sabía por qué le llamaba la atención. Sin rodeos le dije que ese metal era mío y le conté la verdad para que no pensara que era por el dinero. Fue el peor error que pude haber cometido en mi vida, Ana Laura era hermosa, y por supuesto ni Juampi ni ningún otro estaría dispuesto a perderla, menos ahora que sabía la verdad sobre aquella moneda que le daba poder. Se negó rotundamente a devolvérmela, y a pesar del dolor que me causó en el alma terminamos a las piñas. Obviamente lo llené de dedos, mi amigo nunca fue ágil para pelear; pero mi superioridad estaba vacía de gloria, no había conseguido la moneda.
Fue una semana llena de nervios y rencores, no sabía que hacer, iba a la casa de Juampi y le pedía a gritos que me devolviera los cincuenta centavos, que si me los daba yo estaba dispuesto a regalarle todas las otras monedas; pero a cambio solo recibía un profundo silencio. Esta manifestación de mi angustia atrajo la atención de todo el barrio, y por supuesto los infaltables comentarios de la chusma siempre alerta. Así muchos comenzaron a ver que los éxitos conseguidos por mi familia eran casualmente deseos ajenos; el recuerdo del día de la inauguración se abalanzó sobre todos comenzando a reconocer deseos olvidados, y por qué no, a justificar su envidia reprimida. A los pocos días teníamos una turba de vecinos en la puerta de casa reclamando se les devolviese las monedas que yo atrevidamente me había robado. No me olvido más que mis padres estaban alterados, no sabían que hacer, no entendían nada, tenían en la puerta una manifestación de vecinos desquiciados; por ejemplo Cuca, la peluquera; exigía que le reintegrasen su moneda de diez centavos en la cual había depositado su deseo de belleza; Augusto, el vecino de enfrente, reclamaba una de veinticinco centavos con la cual pidió un aumento de sueldo; Paulino, el cocinero de no sé qué restaurante, decía ser de su propiedad una de cinco centavos con la que había deseado ganar la rifa de los bomberos; la Gallega, doña Esther, e Isolina, reclamaban no sé cuantas con las cuales habían pedido salud, dinero y amor; Sonia, la esposa del carnicero, exigía a toda furia tres de cincuenta centavos que había arrojado a la fuente con la esperanza de ganar la quiniela; y así cientos de reclamos, entre los cuales había muchos que no correspondían a mi botín.
Mis viejos visiblemente consternados me pidieron les explicara que estaba pasando, y yo temeroso de que todo aquello terminara en un desastre les conté lo que habíamos hecho aquella noche de junio con Juampi, Fede y Jorge. Realmente no lo podían creer, y pese a todo lo que habían conseguido, en un ataque de moralismo, me pidieron las monedas para devolverlas. Fui hasta mi armario, tomé todas las que había, y se las di a mi viejo. Éste haciendo gala de su buena voluntad se acercó a la manifestación y pidió amablemente que de a uno se acercaran a reconocer, si podían, lo que les pertenecía. Pero el remedio fue peor que la enfermedad, pronto todo fue un revuelo, se peleaban entre todos, las monedas obviamente eran muchas y todas iguales. El desorden llegó a tal punto que la violencia se hizo presente, y la ley del más fuerte se hizo valer; cada cual se llevó lo que pudo.
En pocas semanas mis padres fueron perdiendo lo que habían conseguido en pocos días, y mis vecinos se vieron bendecidos por cosas que tampoco eran suyas, creando esta situación una especie de guerra civil entre ellos, ya que las monedas nunca fueron a parar a su verdadero dueño, y tampoco nadie quería desprenderse de las que había arrebatado, reclamándose unos a otros deseos que deseaban poseer.
Pero sinceramente poco me importaba todo lo que habíamos perdido, puesto que nada de ello nos correspondía por derecho, y nuestra vida volvía a ser la de antes, sin nada más ni nada menos. Pero algo sí me corroía el alma: yo había perdido algo que ya tenía de antes y no lo recuperaría más; había perdido el amor de una mujer en un estúpido deseo depositado en una insignificante moneda, un deseo que más allá de ser una carencia debía haber sido un hecho. Comprendí sin embargo que si me daba por vencido estaba perdido para siempre. Así que me decidí a hacer uso de mi astucia y fui a visitar a Leo, después de mí, el mejor amigo de Juampi. A pesar de que él estaba al tanto del increíble episodio de las monedas, no sabía nada sobre la que yo más deseaba; así que le conté la historia de Ana Laura y le juré que si conseguía quitarle la moneda a su amigo, yo le daría a cambio diez mucho más valiosas (mentira porque ya las había devuelto todas, pero dicen que el que no llora no mama...). Aceptó entusiasmado, pero me dijo que sería un tanto difícil, porque como yo sabía la madre de Juampi no quería que nadie jugara en el cuarto, pero que haría todo lo posible.
Realmente Leo había demostrado ser todo un maestro en el arte de la sustracción, a los pocos días pude ver como Ana Laura dejaba de frecuentar la casa de mí ex amigo. Éste, supongo que lleno de vergüenza, no salió a la calle por un par de semanas. Pero a Leo tampoco lo volví a ver, y lo más desagradable de todo fue que ahora Ana Laura visitaba asiduamente la casa de este traidor. No podía creer mi suerte, ya no tenía ganas de pelear ni de buscarle la vuelta al asunto, simplemente me resigné de que la había perdido para siempre. Sólo para descargarme la angustia fui a la casa de mi abuelo y le conté mi desgracia; el viejo, que nada tenía de sonso y la sabiduría le sobraba en años, me dio la solución. Estúpido de mí que no me di cuenta antes, era tan sencillo y me hubiera ahorrado tantos problemas, que no pude hacer más que reírme a carcajadas con mi abuelo, un genio el viejo.
Para ser lo más cínico posible lo elegí al mismo Leo; lo busqué incansablemente, pero como era de esperar se hacía negar con la madre: no está, está durmiendo, todavía no vino, está con “la novia”, etc. Cansado de tanta persecución lo fui a esperar a la salida de la escuela, esa que está en la otra esquina de la fuente. Como él iba a la mañana y yo a la tarde me hice una escapada antes de comer. Lo distinguí entre tantos guardapolvos blancos por ser el más alto; cuando me vio se quería matar, no sabía dónde esconderse, pero se hizo el zorro y me recibió con un apretón de manos, yo para ser más falso lo abrasé y le di un beso. Le dije casi confidencialmente que tenía algo que contarle y le pedí que nos sentáramos en la fuente para estar más cómodos. Caminamos hasta allá en compañía de un silencio incómodo; la fuente estaba encendida, los chorros de agua ya no danzaban coreográficamente, pero por lo menos conservaban su dignidad a una altura bastante considerable. Al llegar advertimos que unos pibes (unos botelleros que habían estacionado su carro en la esquina) se bañaban y jugaban allí dentro; me acuerdo que hacía mucho calor, ya estabamos a fines de octubre; miré el fondo, ya no habían monedas, solo el rastro de oxido de algunas de ellas, la huella dorada de que alguna vez los deseos sembraron aquel lugar. Leo advirtió mi mirada y recordó conmigo el gracioso episodio de aquella noche de junio; sin perder la oportunidad aproveché aquel momento y le conté como la noche de la inauguración mi papá me dio una moneda de cincuenta centavos y me animó a que pidiera un deseo, y ahí nomás le confesé que mi deseo había sido que Ana Laura me amara para siempre, porque yo sentía eso por ella. Leo me miró con una rara impresión en su rostro, yo también sentí algo dentro de mí, pero antes que acertara a decirle nada él me dijo: “Los deseos no se cuentan boludo”. Y con esa frase se dio cuenta que el poder de la moneda se desvanecía. Se quedó inmóvil, quizás masticando sus últimas palabras, me miró con una media sonrisa en su cara aceptando seguramente la derrota, y me felicitó con un: “sos un hijo de puta”.
Días después, luego que Ana Laura dejara de visitar su casa, me devolvió la moneda y me pidió disculpas, me dijo que me había traicionado porque al poseer la moneda él también se había enamorado de ella, pero que mi astucia había roto el encanto, así lo sintió cuando le confié mi deseo. Hoy en día es uno de mis más preciados amigos y padrino de Fabián, mi hijo.
Esa misma tarde, sentados en el mismo lugar en que se había producido el desencanto, Ana Laura me confesó su amor. Luego de más de diez años de noviazgo, de peleas y reconciliaciones, nos casamos; tuvimos a Fabián, y nos mudamos a una casa que da frente a la fuente (manantial trágico de nuestro amor). Todas las tardes, después de tomar mate, nos sentamos en el borde de ésta con los pies hacia dentro, y nos sentimos felices viendo a nuestro hijo jugar dentro de la fuente vacía. Ya no hay más agua, ni luces, ni tampoco monedas con deseos olvidados; la única moneda llena de nostalgia es la que cuelga de mi cuello, moneda que todavía guarda el secreto de un deseo... que por supuesto no se puede contar (nadie lo sabe).

Sin pelos en la lengua




Por Vito Sosa
Escribidor



Tenía pelos en la lengua. Lo noté una mañana después de lavarme los dientes y sentir que algo me raspaba el paladar. Fue duro creerlo, y asqueroso soportarlo. Al principio fue como una pequeña barba, algo que ensombrecía mi lengua, pero que raspaba por dentro y en ciertas oportunidades me daba náuseas. Los médicos me hablaron de un desequilibrio hormonal, me recetaron medicamentos y recomendaron estudios y análisis varios. Salí del centro médico con la sensación de que se habían reído de mí, que me habían atendido como si yo fuese la mujer barbuda.
Volví al mes, cuando los pelos de mi lengua tenían ya tres centímetros de largo. No solo era repugnante comer y beber con ellos, sino que ya me costaba hablar con claridad, las “eses”, “erres”, “enes”, “g” y “d”, me resbalaban o se perdían en un zumbido peludo. El mal aliento era constante debido a que los pelos y la saliva lograban una mezcla letal de pantano, de verdín y restos de comida. Lo peor era que yo a esa altura me había acostumbrado, pero no mi familia ni mi novia, que decidió alejarse por un tiempo hasta que yo resolviese mi problema. No la culpo a Irene por su decisión, el error fue mío al besarla en la boca sin decirle nada; casi se desmaya después de haber vomitado hasta el vacío; creo que todavía me odia. Irene, te pido perdón.
Los médicos habían decidido rasurarme la lengua y comenzar con el tratamiento hormonal. Fue un rotundo fracaso. Los pelos comenzaron a crecer con más rapidez y fuerza. A los cinco días tenía una bola de pelos en mi boca que no me dejaba hablar, frecuentemente me atragantaba con un mechón que caía por mi garganta; un día casi me muero atragantado por un exceso de tos y pelos. Mi vieja comenzó a rasurarme la lengua todos los días para que pudiera comer, pese a la insistencia de los médicos que ya querían internarme y llevarme no sé a que simposio. Me negué a seguir con el tratamiento que parecía empeorar el cuadro, pero empecé a preocuparme al ver que ni bien me rasuraban la lengua los pelos ya estaban ahí creciendo a una velocidad descomunal. Pensé en cortarme la lengua, pero temí que los pelos comenzaran a crecer por otros lados… quien sabe, podrían empezar a crecerme pelos en los ojos, lo que me impediría cerrar los párpados y luego ver, y lo peor de todo sería que no podría rasurarme los ojos sin lastimarlos, corriendo el riesgo de quedarme ciego. También podrían salirme pelos en las manos al punto de impedirme agarrar cosas, o en los oídos hasta dejarme sordo o hacerme estallar la cabeza por dentro debido a la presión que haría la bola de pelos… estaba condenado a la incertidumbre de no saber hasta cuando tendría que vivir con pelos en la lengua, que ya a esta altura me salían por la boca en una asqueroso mechón húmedo y maloliente.
El día en que la idea del suicidio rondaba por mi cabeza como última alternativa, ocurrió lo que yo hubiese sido incapaz de pensar. Mamá y Carolina discutían en la cocina a los gritos, los insultos y los golpes bajos se dejaban oir sin pudor, mis nervios comenzaban a desatarse peligrosamente, no me podía concentrar, no podía resolver si matarme con un arma o colgarme o cortarme las venas (ahogado jamás… tampoco el fuego o el tren). Entré furiosos a la cocina con el revolver del abuelo, dispuesto a matarla a las dos y después cortarme la lengua (a ver qué pasaba, no me iba a matar así porque sí), cuando escuché la última frase que pronunciara mamá antes del silencio cortante: “…te digo lo que siento porque yo no tengo pelos en la lengua querida…”. Fue más que suficiente para que mi mente quedara en blanco, para que el arma cayera al piso, para que se iluminara desde la nada la solución, la respuesta, la dicha, la felicidad. Un instante fuera del tiempo, en donde Carolina empezó a reír al ver el mechón de pelos saliendo de mi boca como una cola de caballo, una situación absurda y cómica prendida a las últimas palabras, que seguían rebotando en mi cabeza junto a las carcajadas que ya rozaban la insolencia. Carolina lloraba de la risa y mamá se las tragaba por respeto. Como pude les empecé a cantar las cuarenta a las dos, entre zumbidos peludos descargué el odio guardado por tantos años, los reproches miserables que se pudrían dentro, escupí sus máscaras hipócritas y las mías también, y confesé las ganas terribles de matarlas y cortarme la lengua… cuando salí de la cocina las carcajadas seguían rebotando por toda la casa, pero ya no me afectaban, me había sacado un gran peso de encima, me había liberado y ahora estaba dispuesto a ir hasta el final, era mi cura, el único camino.
Estaba tan extasiado por esta liberación que hasta en la calle le decía a las personas lo que pensaba de ellas, SIN PELOS EN LA LENGUA; horrorizados me miraban, se persignaban, huían. En la oficina me sacaron a patadas mis propios jefes, les dije lo que en cinco años no me atrví a decir, mientras me arrastraban por el pasillo les gritaba a Victor, a Marcelo, a Laura, a todos los que me miraban anonadados cómo me arrastraban hacia la salida, cómo los odiaba, lo tanto que los aborrecía, lo mucho que me gustaría verlos en la miseria, aplastados por la desgracia, la adrenalina y la situación misma me excitaba cada vez más. Visité a los pocos amigos que tengo (o mejor dicho que tenía) y les vomité con detalles todo lo que me había guardado y más. Cuando llegué a la casa de Irene, ya se me habían caído casi todos los pelos de la lengua, lloré de felicidad y de tristeza cuando escuchó las confesiones crueles y ruines que le hice. Eso sí, tuve la delicadeza de pedirle disculpas por el incidente del beso peludo. Igualmente me mandó a cagar.
No me volvieron a salir más pelos en la lengua. Tampoco puedo hacer amigos ni conseguir trabajo. En cuanto digo lo que pienso se me cierran todas las puertas. Nunca pensé que vivir sin pelos en la lengua iba a resultar más difícil que tenerlos. Me quedé sin familia, sin amigos, sin trabajo, cualquier desconocido se enoja conmigo en cuanto le digo algo. Quizás me tome demasiado enserio esto, al punto de convertirme en un cínico, un indeseable. Pero hay algunos locos por ahí que me escuchan y se ríen, (la verdad, sobre todo de sí mismos, les da gracia, les divierte la caricatura) que me dan la razón y me dicen que el mundo todavía no está preparado para una persona como yo. Esas son las únicas personas que de vez en cuando me tiran un cobre para que pueda comer algo, que me dan alguna pilcha vieja o una viandita con lo que sobró de anoche. Me gusta estar con ellos porque me convidan cigarrillos y me escuchan y se ríen y me dicen que sí, que es verdad, mientras me dan unas palmaditas en la espalda y me invitan a seguir mi camino para que no los moleste más; ya lo sé que es así, y se los digo, y se los digo siempre que paso, porque si hay algo que no tengo son pelos en la lengua, cualquier cosa menos pelos en la lengua.